“NO HAY SILENCIO… SOLO LÁGRIMAS”

MA
/ 23 de noviembre de 2022
/ 12:25 am
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“NO HAY SILENCIO… SOLO LÁGRIMAS”

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SOBRE el editorial de ayer, “La Bola de Cristal”, de dónde se viene y ¿a dónde vamos?, virtud de la involución sufrida en el lenguaje, la convivencia, los valores formadores, las prácticas educativas, la cultura, secuela, entre otros factores, del pésimo uso de los chunches y las plataformas digitales, de zombis adictos, no a leer, instruirse, ni aprender, ni a socializar hablando, compartir en contacto personal, sino atorando los chats de pichingos y de burradas; y menos usar el mayor logro tecnológico de los tiempos para provecho intelectual, didáctico, pedagógico y formativo, sino para la diversión desenfrenada y obsesiva, el pasatiempo frívolo, la holganza y la transmisión de odiosidades y de basura. Pues, como acuse de recibo a los contactos que reaccionan al escrito con sus mensajes, unos cortos otros más extensos, en gentil gesto que han leído y algo útil les quedó, respondemos con una imagen, (un “sticker”), ya sea de Winston o del Sisimite, nada más que contrario a los emojis de los zombis, ese lleva palabras; ya sea repetición de algún dicho o enunciado que utilizaron al cierre, o una frase resumiendo parte del contenido del escrito.

Este último del Sisimite –ya que nos cuidamos de no solo mandar pichingos sino de dar uso al abecedario– decía: “Con zombis ¿a dónde vamos? No vamos, retrocedemos”. De las respuestas acuciosas que recibimos, la de una amiga que además manda la portada de un libro interesante que vamos a pedir, y el hiperenlace a un artículo sobre el libro publicado en un periódico de NY, que no pudimos leer porque no estamos suscritos al servicio, sobre el futuro análogo. Al mensaje enviado responde: “Dicen que Ramón Oquelí decía, que si retrocediésemos estaríamos “súper mejor”, porque antes eran muchas las personas de peso, por su acervo cultural”. “Honduras se hunde” aunque creo que no usaba la palabra “súper”. Otra ocurrencia: “Así como vuelven con el “hoy no circula”, quizás porque es más fácil quitarle peso de encima al pavimento que tapar los baches, debiesen emitir una ordenanza municipal –y por qué no nacional– “HOY NO SE USA EL CELULAR”. Una gentileza del colectivo que sigan atentos a los editoriales. Ni papos que fuésemos para ignorar que la atención, así fue ayer y así continuará sucediendo, como abrigo de calor que arropa los corazones expectantes, las almas esperanzadas, los espíritus reverberantes, entre episodios de encendida pasión y de éxtasis desgarrador –durante toda esta temporada gélida de noviembre y de diciembre– de la despreocupada afición del fútbol por los problemas nacionales y las angustias cotidianos, viviendo –entre espasmos de dolor y de frenesí, al borde de la locura y del infarto conforme gane o pierda su equipo predilecto– cada palpitante segundo de lo que ocurra en el mundial de Catar.

Así nos lo advierte el amigo director de uno de los exitosos foros informativos: “Buen editorial”. Pero, como insinuamos: es tal el estropicio que los zombis han hecho del idioma en su despiadada guerra contra el lenguaje –que no acaba si no es saciados con el total exterminio del alfabeto– reemplazando las palabras por pichingos, reculando la humanidad siglos atrás, al arte rupestre y a los jeroglíficos de la antigüedad, el siguiente paso lógico para acabarlo de un solo sería que, al quedar sin voces, de este infernal ruido por redes sociales y del ensordecedor bullicio del entorno –quizás, hasta sea una bendición– caigamos en una quietud atronadora. De la gritería mundana, al silencio, como en la paz serena de los sepulcros. Experimentar en vida, la vida del más allá. Su observación fue esta: “No hay silencio en la mañana de hoy; hay lágrimas, tragedia mundial”. “Sus parientes –Arabia Saudita– le ganaron a Argentina”. (Hoy no –replica el Sisimite– pero la bola de cristal augura, que para allá vamos. De la hora presente, solo es de extraviar la mirada a un tiempo indeterminado del futuro; no hay otra que la triste inevitabilidad. Ese es el rumbo –si nada sucede que detenga esta involución deformadora de los preciados valores perdidos, ya que al parecer a pocos interesa canjear lo superficial por lo valioso– esa es la ruta; para allá vamos).

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