“EL PROBLEMA, DEL PROBLEMA”

ZV
/ 25 de noviembre de 2022
/ 12:31 am
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“EL PROBLEMA, DEL PROBLEMA”

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POR tratarse de una ocasión especial, al texto del editorial de ayer, “Acción de Gracias”, le pusimos melodía de acompañamiento. “Después de todo, ya varios afiliados al colectivo de Winston y el Sisimite, comentan que muchos editoriales son poéticos y musicales”. (Hay quienes no disfrutan de los denominados “editoriales poéticos”. Sin embargo, aun cuando en tiempos aflictivos más que bálsamo para los graves apuros que atraviesa la sociedad, es terapia lo que se ocupa, enhorabuena la catarsis. Ha sido tal el agrado de la inmensa mayoría a los diversos temas abordados, intentando rescatar gratos recuerdos, viejas costumbres, buenos hábitos y valores que, a las opiniones sobre la problemática nacional o internacional, intercalamos el “poemario”). Y como de innovar se trata, ensayamos la grabación en voz, ilustrándola con imágenes en video, en la modalidad de los Postcast que ahora, desde horas tempranas de la madrugada, transmite LA TRIBUNA –un avance en sus herramientas digitales– sobre distintos temas de interés.

Grato saber que estas reflexiones de fe –que también han ido decayendo víctimas de una sociedad cada vez más vacía de valores– merezcan el entusiasta interés de tanta gente ávida de espiritualidad. Bonito el mensaje del poeta: “Es un gusto escuchar, en una lectura bien puntuada y acentuada, la audición del Editorial”. “Además de esa hermosa lección de la gratitud como otredad y empatía, de la gratitud como revelación de las fortalezas, de la gratitud como los ladrillos de la misión aristotélica de la felicidad”. Bien decía Juan Gustavo Cobo Borda: “Escribir es rezar de modo diferente”. “Las únicas noticias que valen la pena están en los poemas”. “Todos los poetas son santos e irán al cielo”. Opina una culta amiga: “Me gustó mucho, más con el elemento tan especial de ser grabado con su voz”. “Es mensaje de los que se necesitan en estos tiempos vacíos que se llenan de cualquier cosa”. “Muchos por temor al silencio y la soledad, quedándose paradójicamente, más solos que nunca”. De un intelectual: “Gracias por obsequiarnos una oración que bien podría ser solamente una pieza oratoria, pero que, prescindiendo de cualquier asomo de egoísmo y los algunos, se constituye en el producto de un pensamiento y sentimiento sincero y reposado de alguien que ha recorrido su camino por la vida”. “Que seguro aún le queda mucho por recorrer pero que habiendo alcanzado las posiciones más cimeras que la patria puede conceder a un ser humano, se ha ido despojando de vanidades superfluas y está alcanzando su nirvana patriótica y humana”.

Una vieja amiga: “Me conmovió tanto. Y Dios, al que no siempre se le agradece en medida de lo que hace por nosotros, estoy segura que te escuchó”. “Qué belleza, hasta el Sisimite y Winston se quedaron mudos”. Hay otros mensajes, cortos o más extensos, igual, por el mismo hilo conductor. Sin embargo, hubo una opinión recomendando solo dejar el texto y no difundir la voz, ya que, si hay muchos que no leen, menos van a hacerlo si se les facilita prescindir de la lectura. Pero nosotros creemos que es al revés. Lejos de acostumbrarse a complacer lo que luzca incómodo, –ello sería, en este caso, la tirria de muchos a la lectura–resignándose a que se trata de un hecho irreversible, lo necesario, lo urgente, no es cruzarse de brazos, sino actuar ahora, antes que lo descompuesto acabe por deteriorarlo todo. Lo que puede rescatar los bienes perdidos y por ende salvar el país –digamos, de esta indolencia y superficialidad que consume la fuerza generadora de la colectividad y estanca sus capacidades y potencialidades– es no transigir –mucho menos estimular– con algo que se sabe malo y seguirá empeorando. Equivalente a la actitud de un padre o de una madre que tolera impertinencias de un niño malcriado para que no le arme un berrinche. Si no se inducen las conductas correctas, si no se orienta, si no se corrige lo inaceptable, el descarriado descenso es imparable. Actitudes cómplices y conformistas nada van a cambiar. Lo triste es que los hogares, las escuelas, las universidades, la academia, los entornos sociales y de trabajo, los círculos de decisión, parecieran no tener idea de lo que nos pasa. Y si ni siquiera hay diagnóstico, peor para que haya remedio. (El problema sería –según el Sisimite– que los llamados a arreglar el problema, son el problema).

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