La cultura democrática

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/ 25 de noviembre de 2022
/ 12:01 am
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La cultura democrática

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Por: Óscar Núñez Sandoval*

Sin pretender difundir, defender o imponer las posiciones ideológicas de pensadores liberales, leyendo el libro de Mario Vargas Llosa, La llamada de la tribu, resaltan algunos argumentos sobre la contribución de la doctrina liberal a la cultura democrática. A mi juicio algunos de estos aportes resultan importantes para entender y encontrar soluciones a los muchos problemas que enfrentamos en Honduras.

El libro, el cual Vargas Llosa lo define como una autobiografía intelectual, revisa las ideas de los principales pensadores liberales que motivaron al autor a desarrollar su ideología, después de su desencanto con la Revolución cubana y con los autores que inspiraron sus ideales socialistas en sus años de joven. Las ideas de pensadores como Adam Smith, José Ortega y Gasset, Karl Popper, entre otros, le mostraron, según el autor, una escuela de pensamiento que pone al individuo antes que la tribu, nación, clase, raza o partido, defendiendo la libertad de expresión como un valor fundamental en el ejercicio de la democracia.

El “espíritu de la tribu”, fuente del fanatismo, según Popper anida en el fondo más secreto de los civilizados, que no hemos superado la añoranza de aquel mundo tradicional -la tribu-. El espíritu tribal, se formó remotamente cuando el hombre era parte inseparable de la colectividad y cuando sus decisiones -protección, caza, etc.- estaban subordinadas a las del brujo o cacique. Por ende, se sentía feliz y liberado de responsabilidad, a pesar de estar sometido al igual que el animal en la manada.

En una sociedad genuinamente democrática, la libertad es el valor supremo y no es divisible y que además debe manifestarse en el ámbito económico, político, social y cultural. Asimismo, el liberalismo no es dogmático ni tampoco rígido, por lo que las ideas y los programas políticos exitosos deben adaptarse a una realidad compleja. El Estado tiene un papel sumamente importante en la libertad de expresión, el orden público, respeto a la ley, defensa, medio ambiente y la igualdad de oportunidades. Sin embargo, debe evitar empeñarse en hacer cosas que la sociedad civil puede hacerlas de manera más eficiente en un mercado de libre competencia.

Crear las condiciones para una verdadera igualdad de oportunidades debe ser una política fundamental en una democracia y no significa aplastar la iniciativa privada, sino más bien generar con la acción pública condiciones para que los más desposeídos puedan tener acceso a servicios esenciales de calidad. Por ejemplo, en el campo de la educación, el sistema educativo público debe ser de alta calidad y gratuito, sin desmedro de la enseñanza privada. Por consiguiente, la integración de un principio educativo sanamente rico en oportunidades vendría a garantizar un punto de partida común en cada generación. Vale notar que una enseñanza de calidad es sumamente costosa, en una época de grandes transformaciones tecnológicas y científicas. Por lo tanto, la sociedad civil y el Estado deben de asumir la responsabilidad de su financiamiento.

Sin lugar a duda, pienso que para la mayoría de los hondureños algunos principios de pensadores liberales, representan un buen punto de partida para reflexionar sobre nuestra democracia y evitar la “llamada de la tribu”. Los retos actuales de nuestro país, económicos, políticos y medio ambientales, deben llevarnos a encontrar un rumbo de desarrollo de consensos para combatir los enfrentamientos, las desigualdades y la pobreza que hoy en día son urgentes. Liderar esta tarea recae principalmente en nuestras autoridades.

*PhD, Economista

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