Escuela vocacional Marcos Carías Reyes 2/2

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/ 27 de noviembre de 2022
/ 12:02 am
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Escuela vocacional Marcos Carías Reyes 2/2
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Por: Mario Hernán Ramírez*

Continuando con el relato del domingo 20 de noviembre recién pasado… Después del almuerzo de 12:00 m. a 1:00 p.m. gozábamos de un ligero receso, porque, a las 2:00 p.m. eran dirigidos nuevamente a las aulas, hasta las 4:00 p.m., enseguida, hasta las 5:00 p.m. otra hora de instrucción militar, después a cenar; de las 6:00 p.m. a 9:00 p.m. los alumnos de educación media recibían sus clases, y los demás, recorríamos los recintos o nos juntábamos en grupos para contar historias, chistes y entretenernos de alguna manera, hasta las 9:00 p.m. que era la hora de dormir.

Hemos hecho un ligero análisis de una cara de la moneda, porque la otra podríamos llamarla trágica, ya que los chilillos o azotes abundaban, generalmente en manos de los sargentos I, que siendo compañeros eran a la vez verdugos, los que nos mantenían a raya día y noche, aplicando entre otros castigos “la escoria” que consistía en hincarnos sobre esquirlas metálicas que salían de los tornos de los talleres de herrería, a veces permanecíamos con los dos brazos arriba cargando uno o dos fusiles; también “la cheja” en la cual permanecíamos de pie durante dos o tres días en un compartimiento en que solo cabía una persona, la cual salía solamente a comer y a hacer sus necesidades fisiológicas, por lo que, cuando terminaba el castigo, con las piernas totalmente inflamadas no podía dar paso. Otro castigo era el de “la ranita” consistente en caminar en cuclillas con un fusil bajo las rodillas hasta caer agotados por el enorme esfuerzo realizado; existía también “La calera” que era un sótano completamente oscuro en el cual los castigados tenían que soportar todas las inclemencias, porque ahí se defecaban, orinaban y todo aquello era cubierto con cal, lo cual era soportado por la víctima de esta cruel y despiadada manera dizque de corregir; también existía la temible “cuadra” a la cual enviaban a los castigados a recibir de veinte a treinta latigazos generalmente en la espalda, debido a esto la mayoría iba directo a la enfermería por el flagelo de que era objeto el infortunado que caía en las garras de cualquiera de los sargentos que apostaban a cual más severos y deshumanizados. Eran las torturas que teníamos que soportar hasta por una mala mirada, lo que sin duda era practicado en una época en la que no existían los derechos humanos ni ningún organismo parecido que supervisara la forma de vida de aquellos infelices, víctimas de la peor violencia jamás vivida.

Cabe señalar que similares castigos o acaso más crueles les eran aplicados a los prisioneros y a los mismos soldados, indiscriminadamente.

Sin embargo, el día domingo era día de fiesta ya que algunos internos eran visitados por sus familiares. Día de inmenso regocijo porque además de saludar generalmente a la madre, algún pariente o amigo cercano, portaban algunas bolsas llenas de alimentos, los cuales compartíamos con algunos otros compañeros que no tenían absolutamente nadie que los visitara. Ese día también, en horas de la tarde la marimba hacía su agosto, pues los compañeros mayorcitos tenían permiso para bailar con algunas muchachas amigas o familiares que llegaban de visita. Aquí tengo que reconocer que había excepciones, en cuanto a la alimentación se refiere, porque los seis oficiales arriba mencionados y los jugadores de béisbol comían “frito”.

Había otro grupo de compañeros a quienes se les denominaba “cornetas” porque eran los que habían aprendido a utilizar estos instrumentos musicales de viento y con su música amenizaban los desfiles que interna o externamente se realizaban. Entre los mejores “cornetas” recordamos a Rigoberto Cárdenas, Luis Alonso Morel, Roberto Amador y otros que ejecutaban brillantemente tales instrumentos.

Había algunos homosexuales a quienes denominaban “guayabitas” o “huecos” los que a menudo eran sometidos a despiadadas sanciones; sin embargo, esta “enfermedad” nunca fue tratada sicológicamente y así, muchos de ellos fuera de la escuela seguían con su práctica.

En 1948 egresó la primera promoción de alumnos graduados con certificado en mano listos para ejercer el oficio de su preferencia; ese mismo año salieron los seis oficiales, algunos de los cuales buscaron la Escuela Básica de Armas para incorporarse a la oficialidad, ya que el grado que ellos ostentaban los acreditaba para tal rango, otros ingresaron a la Escuela de Cabos y Sargentos para continuar sus estudios militares y más de alguno a la famosa Escuela de Artes y Oficios que era algo así como una universidad, similar a cualquier alta casa de estudios superiores, por la excelente enseñanza que ahí se impartía; otros buscaron la escuela El Malcotal en Minas de Oro, otros la Escuela Agrícola Panamericana El Zamorano y muchos más siguieron estudios superiores graduándose de maestros, peritos mercantiles y otros llegaron a ser abogados, ingenieros y economistas.

Recuerdo el nombre de Mateo Caballero, un barbero virtuoso de la guitarra que fue descubierto por un norteamericano en la ciudad de San Pedro Sula, ya que Caballero ejerciendo la peluquería en sus ratos de ocio ejecutaba la guitarra, de tal forma que, el gringo en referencia indiscutiblemente amante de la buena música lo escuchó en cierta oportunidad y de inmediato lo motivó para que viajara a los Estados Unidos e ingresara a un conservatorio de donde egresó para ofrecer conciertos en el Metropolitan de Nueva York, Bellas Artes de México y Colón de Buenos Aires, habiendo pasado su fama o prestigio, totalmente desapercibido por la prensa de nuestro país, de aquél entonces, pues no existe una sola línea en la que se informe de las cumbres que logró escalar este gran hondureño.

Es de hacer notar, también, que las Fuerzas Armadas de nuestro país enriquecieron su oficialidad con muchos egresados de esta escuela, como el propio coronel y licenciado Alonso Flores Guerra, Luciano Mejía, Celeo Gómez, Armando Calidonio Alvarado, Roberto Gómez Domínguez, Omar Antonio Zelaya Reyes, todos los mencionados con el grado de coronel; Mariano Tinoco Sanabria alcanzó el grado de mayor y de capitanes Rigoberto Díaz Flores, René Alanís Rodríguez, Efraín Sanabria, Rigoberto Cárdenas, Alberto Fiallos Oquelí, Wilfredo Almendares Zúniga y otros que olvidé. Aún hay más…

*Presidente vitalicio “Consejo Hondureño de la Cultura Juan Ramón Molina”.

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