PLUTO

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/ 28 de noviembre de 2022
/ 12:05 am
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VENTURA de la divina Providencia. Nomás la semana pasada—¿anticipo a lo impredecible?, una despedida, quizás– tuvimos una larga conversación. “Como seguís—anunciaba su visita a domicilio—voy a pasar por tu casa a verte”. Ni sospechar que aquellas horas, a mitad de la tarde, serían las últimas de su presencia hermana. Elevándolas a la luz de la ventana, revisó las placas que traíamos del hospital. “Están limpios los pulmones—dijo—tomá bastante líquido (lo que solía recetar, devoto a remedios sencillos pero apropiados, acorde con su propia personalidad, fluida, natural, espontánea—vas a estar bien”. La conversación—de todo un poco—fue más sobre el Hospital María de Especialidades Pediátricas. El hospital estrella para niños hondureños indispuestos que construyeron, junto a Mary, siendo ministro de Salud.

Nos impuso del rumor que asecha, orientado a destartalar el excelente sistema con que opera el centro de salud—así como infelizmente suelen ser muchas cosas en el país—para colocarlo al rasero de lo otro que anda a medias o no funciona. No transcurrían ni dos días de habernos visto cuando supimos—en plena cena de Acción de Gracias– del infarto. Se nos estaba yendo el amigo entrañable, médico de cabecera de la familia desde siempre, y de tantos otras que lo buscaron a lo largo de su fructífera carrera profesional. Como olvidar, tantos gestos de bondad del médico formado—no en opulencia, ni en el atraco, sino en la práctica indulgente de humildad—consiente de la necesidad del prójimo como de las negaciones que sufre la nación. En uno de los hospitales céntricos de la capital, vio a cientos de dolientes– muchos de ellos de barrios pobres y de la ruralidad–que acudían a su consultorio privado en procura de salud. Sabrá Dios que módico ingreso por sus servicios llevaba a su casa. Muchísimos de sus pacientes, cuando salían de su oficina contando centavos para pagar, al entregar el papelito de cobro a la recepcionista, era usual la indicación escrita a mano: “Consulta gratis”. Pensamos sobre los temas que hemos venido ventilando en esta columna editorial—en días recientes con mayor insistencia– de cierto tiempo acá. Decíamos que para tener idea de a dónde vamos es imperativo saber de dónde venimos. Y entre otras consideraciones, decíamos que venimos de épocas pretéritas cuando el peso específico de la persona—y en su conjunto, los liderazgos nacionales– descansaba en su formación, en su vasta cultura, en su apetito por el estudio y la lectura, en su humanidad, en el respeto ganado en la sociedad, en su conducta ética, en el trato amable y solidario hacia los demás, entre otras cualidades. A no dudarlo, hay una latente ansiedad de redimir preciados bienes irremplazables que tanta falta hacen. Se añora el valor de viejas costumbres, y su olvido–por la frivolidad de los días, la superficialidad que respira la sociedad líquida de ahora, el deterioro de la fibra espiritual deshilachada por lo mundano, la veleidad de conductas—niegan la anhelada felicidad interna.

El mensaje de Diane que recibimos la mañana de ayer: “Pluto está en la Casa del Padre, desde las 11.15 a.m.” nos vació por completo la esperanza que tuvimos de un milagro. En la oquedad, supimos de repente que, si bien esas virtudes y sentimientos sobre las que hemos venido insistiendo tan seguido son deseables enunciaciones inmateriales, muy de vez en cuando, hay forma de colocar una imagen a lo intangible. Ese sería el rostro del amadísimo doctor Plutarco Castellanos, QDDG. Un ejemplo, si se quiere, para la metanoia—conducente a la conversión interna de las personas–que debe ejercitar la decadente sociedad de hoy. Una transformación profunda y positiva, de mente y corazón. Rueden nuestras lágrimas silentes, como furtivas cuentas de un místico rosario, que entre miles de manos recorre el frágil hilo terminal e inexorable, para regar con amor y devoción nuestras almas desoladas de pesar. Y que de ese rumor de suspiros y de llanto, por el espíritu que va a lo eterno, quede de consuelo la memoria de su fecunda vida y de su modelo de conducta. De Plutarco justo sería decir, que en el regazo del Dios misericordioso, ya pertenece a los siglos.

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