Un consenso diferente al del pasado

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/ 1 de diciembre de 2022
/ 12:05 am
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Un consenso diferente al del pasado

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Por: Rafael Delgado*

La pobreza es un fenómeno mundial que castiga fuerte y permanente a los países llamados subdesarrollados, tercermundistas o en vías de desarrollo. Centroamérica no es la excepción: vastas regiones hundidas en la pobreza desde hace centurias y sin expectativas claras de un cambio en el futuro cercano. Lo anterior ha venido martillando sobre las vidas de los que la padecen y ha venido a elevar serias preguntas tanto para los gobernantes, así como para los líderes en los diferentes ámbitos del acontecer nacional, que las han ignorado o en el mejor de los casos han respondido torpemente ante tal situación. Esto no es nuevo. Quizás el primero en plantearlo hace más de un siglo fue el prócer José Cecilio del Valle quien reclamaba y se preguntaba precisamente por esa situación en Centroamérica: “en un área de millares de leguas geográficas, cinco o seis ciudades ricas y mil pueblos de infelices… ¿por qué hay países de abundancia y lugares de miseria? ¿Por qué se estanca la riqueza en uno o dos puntos solamente y no se distribuye por todos? ¿Por qué hay pobres y ricos? Este es el problema grande de la economía política”.

Los sustanciales adelantos tecnológicos que experimentan los países altamente desarrollados en efecto han producido frutos en su gente. Sin embargo, lo preocupante es que la captura de esos beneficios ha sido bastante diferente si se hacen comparaciones entre los distintos sectores de cada país. La desigualdad y pobreza han llegado a esos países para quedarse y aumentar a niveles no vistos en los últimos tiempos. Quizás desde la óptica nuestra, las imágenes y relatos no nos sorprenda. Sin embargo, allá la padecen y son cada vez más los que ven pasar los frutos de la globalización y la tecnología frente a sus narices. Según estudios publicados el 1% de la población más rica de Estados Unidos concentra hoy alrededor del 20% del ingreso total y 40% de la riqueza del país. Estas cifras contrastadas con las estimaciones de 30 años antes, indican ese peligroso proceso donde pocos resultan los grandes ganadores y para la gran mayoría las condiciones se estancan.

Ante tales tendencias las discusiones respecto a qué hacer han surgido desde diferentes ángulos, pareciendo establecerse un consenso un tanto disperso, pero muy claro en el meollo del asunto. Hoy más que nunca parece firme, para la gran mayoría de los académicos, observadores y políticos, que este no es un asunto de segundo orden. Se trata de un fenómeno grave al que se le debe de conceder un lugar primordial en la agenda política-económica de las potencias. Además, las recomendaciones ya no están alineadas, como quizás hace un par de décadas, en proponer la desregulación de los mercados, en especial del mercado laboral o de reducir los programas eficientes de compensación social, como se divulgaba en el pasado, como medios necesarios para combatir la pobreza y la desigualdad. La retórica a ultranza de los libres mercados como solución se ha suavizado sustancialmente para dar cabida a análisis más meditados sobre el papel protagónico de diferentes actores e instituciones en el desarrollo económico. Adicionalmente, y de suma importancia, es el acercamiento de las posiciones de las diferentes escuelas y centros de pensamiento respecto a los impuestos. Muy pocos quedan los que están satisfechos con las actuales estructuras tributarias caracterizadas por castigar más a los que ganan poco y recaudar menos de los que ganan más. En cambio, se favorece cada vez más un sistema tributario que pueda gravar progresivamente los ingresos como el consumo.

Estas son algunas ideas básicas de lo que posiblemente pueda convertirse en un consenso. Seguramente que, para nosotros en esta parte del mundo, apuñaleada por la pobreza, es necesario una reflexión acerca de todas las opiniones convencionales y dogmáticas sobre el desarrollo económico. Hablar del poder del mercado para generar riqueza debería de iniciar primero con crear las condiciones para que realmente algo parecido surja. Además, tomar en consideración el potencial de la intervención pública, debería igualmente pasar por una reforma sustancial de la institucionalidad para alejarla de lo que actualmente tenemos. En definitiva, se trata de nuevas visiones para viejos problemas.

*Economista. Catedrático universitario.

delgadoelvir@yahoo.com

 

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