Educación rodeada de incertidumbre

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/ 15 de diciembre de 2022
/ 12:03 am
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Educación rodeada de incertidumbre

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Por: Segisfredo Infante

Cuando se abordan temas educativos, el interesado necesariamente debe buscar antecedentes en la antigüedad greco-romana y en las culturas orientales. Uno de los investigadores más meticulosos ha sido Henri-Irénée Marrou, cuyos estudios finalizan con el surgimiento de las primeras escuelas monacales y catedralicias de la “Alta Edad Media”, que al final terminaron convirtiéndose en universidades. De sus páginas se deduce que el recorrido histórico desde la antigüedad hasta nuestros días ha sido arduo, zigzagueante y preñado de dudas, ensayos, errores y aciertos.

Pero la duda racional (jamás caótica) ha sido parte integral de la búsqueda de la verdad y de la acumulación de conocimientos. Solo aquellos personajes ultradogmáticos que navegan en las aguas del fanatismo, son incapaces de dudar y de asombrarse frente a las maravillas del mundo. Marrou establece un paralelismo contradictorio entre los filósofos y los oradores, en donde estos últimos, en un momento específico de la “Historia”, terminaron triunfando, transitoriamente, frente a los filósofos recios y sobrios como Parménides, Sócrates y Platón. Porque en cierto sentido ha sido más fácil el camino de la retórica, en tanto que los oradores y sus compañeros de viaje, suelen utilizar frases coloridas y afirmaciones lapidarias. Sin embargo, el discurso retórico que nunca duda de nada, puede decaer en el vacío conceptual absoluto, y es el momento en que los oradores excepcionales sienten la necesidad de recurrir a la filosofía. Al final del trayecto hay una especie de mixtura cultural sobre una “tierra de nadie”, en donde coinciden y se toleran, más o menos, los filósofos y los buenos retóricos. De ahí que Sócrates haya sugerido, en un excelente discurso democrático defensivo: “yo no soy elocuente”.

Las maravillas del mundo pueden ser positivas, negativas, ambiguas, exageradas, minimizantes e incluso desgarradoras. De aquí deriva la incertidumbre de cada generación frente al futuro de su época específica. Pero, aunque las incertidumbres sean recurrentes en la “Historia” de las naciones y de la humanidad entera, por momentos parecieran agigantarse de manera inaudita. Uno de tales momentos, en la cultura greco-occidental, ocurrió en las vísperas del derrumbe del “Imperio Romano de Occidente”, cuando Agustín de Hipona tuvo que recurrir a todo su bagaje intelectual con el objeto de encontrar una estrella polar orientadora frente al mundo arrasador e hiriente que les rodeaba y socavaba. Los monasterios irlandeses y del interior de Italia, tuvieron que replegarse y dedicarse a estudiar las “Sagradas Escrituras”, anexando conocimientos platónicos y aristotélicos heredados por medio de la obra traductora de Severino Boecio, a quien le hemos dedicado un artículo previo en estos mismos espacios.

La incertidumbre se convirtió, bajo las luces de la física cuántica de Werner Heisenberg, en un principio matemático colindante con la “incerteza”, respecto de la cual hemos discurrido, ligeramente, en otros instantes. Es más, al “principio de incertidumbre” heisenberiano también se le conoce como “principio de indeterminación”. De aquí nace la tendencia a aplicar tales conocimientos científicos a los comportamientos de las gentes y de las naciones, a veces con aciertos y desaciertos. Tal fenómeno ya había ocurrido con el advenimiento de la mecánica clásica de Isaac Newton y el determinismo relojero de Pierre-Simon Laplace, cuando los amantes e investigadores de las ciencias sociales pretendieron aplicar mecánicamente aquellos conocimientos al comportamiento de los seres humanos. A esto se le bautizó como “mecanicismo”. Pero ocurre que la tentación del mecanicismo siempre reaparece y está presente cuando se proyectan las tendencias tecnológicas, a veces frívolas, hacia el futuro de los humanos, mismos que tienden, a la vez, a exhibir comportamientos impredecibles o erráticos en los momentos de paz pero, sobre todo, en las circunstancias más críticas y en el curso de las guerras, en donde según la tradición verbal “sale lo mejor y lo peor de cada individuo”.

Creo que nuestra época actual es una de las más inciertas que han padecido las sociedades civilizadas en casi todos los órdenes de la existencia. Es más, en los mismos procesos electorales que hemos observado en los últimos meses, poniendo como ejemplo a Estados Unidos y Brasil, hemos percibido graves problemas en la correlación de fuerzas polarizadoras, y en los posibles “empates” en las urnas, en unas subregiones estatales más que en otras, provocando ansiedades por doquier. Más grave aún es el golpe de Estado concreto que fraguaban los neonazis, en días recientes, contra la democracia alemana.

De todo esto pueden derivar muchas preguntas. Una de ellas es cómo educar a las nuevas generaciones en ausencia de bibliotecas reales y lecturas consistentes. Y asimismo cómo orientar a los jóvenes, escolar y extraescolarmente, frente a un mundo recargado de incertidumbres, mezquindades, informaciones y desinformaciones abultadas.

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