EL CUSTODIO OCULTO

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/ 18 de diciembre de 2022
/ 12:40 am
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EL CUSTODIO OCULTO
Ramón Custodio

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Óscar Aníbal Puerto Posas

Pocos hondureños han merecido tantos homenajes por escrito, como el doctor Ramón Custodio. Que yo recuerde, –lo digo a partir del libro: “Corona Fúnebre”, publicado por la Asociación de Prensa Hondureña (APH)-, solo Marcos Carías Reyes, ha conmovido tanto la sociedad hondureña, cuando autodeterminó segar su valiosa existencia.

El caso de “Marquitos” (así lo llamaban sus familiares y amigos) fue singular en la historia literaria de Honduras. Carías-Reyes, ha sido uno de nuestros mejores prosistas. Lástima que se haya adentrado tanto en las aguas cenagosas de la política criolla; pero, fue un “mecenas”, desde su cargo de secretario privado de su consanguíneo, general Tiburcio Carías Andino (1933-1949). Prologó “Brasas Azules” (1938) de Jacobo Cárcamo y le envió becado a México. Igual bonhomía, tuvo con otros autores. A su muerte trágica cifraba 44 años. Era ministro de Educación en el recién instalado gobierno de Juan Manuel Gálvez Durón (entonces, se tenía más cuidado respecto a quien otorgarle ese cargo). En la cumbre del éxito, es lógico que al morir se vertiere un aluvión de elogios por escrito.

Custodio, en cambio, llegó a la ancianidad: 92 años. Retirado ya de la vida pública. No obstante, tuvo reconocimientos escritos de la pluma de compatriotas ilustres: Rafael Murillo Selva, Juan Ramón Martínez, Óscar Lanza Rosales, José Adán Castelar López, otros que olvido (los leí emocionado); me cuentan que sobre él escribió Rodolfo Pastor Fasquelle, defendiendo la memoria del valiente defensor de los derechos humanos. Me dicen que lo hizo por las “redes sociales”, yo no frecuento esas formas de difusión del pensamiento. Cosa rara en Honduras, diario “El Heraldo”, le dedicó su página editorial. Lo mismo, el Lic. Rodrigo Wong Arévalo, en “Abriendo Brecha”. Yo, en cambio, he esperado que pasen los días. Ya se dijo lo esencial del ilustre y bizarro defensor de los Derechos Humanos. Expresidente del Codeh y también de la Comisión para la Defensa de los Derechos Humanos en Centroamérica (Codehuca), con sede en San José de Costa Rica. Yo estuve a su lado, en sus empresas azarosas. Tuvimos un desencuentro que superamos a virtud de hombres civilizados. Lo conocí de cerca, lo cual me permite hablar del ser humano.

Custodio López fue afecto a los intelectuales. Admiró a don Medardo Mejía (1907-1981). Este lo visitaba en su laboratorio. Custodio, un día de tantos algo anormal notó en el grande escritor (defectos en su vestuario; evidente mala alimentación, qué sé yo). Quiso ayudarlo, y sabiendo que era abogado y notario, le propuso que le hiciese una escritura de traspaso de dominio. Medardo reaccionó furioso: “Si quiere ser mi amigo, no me mezcle en mierda de la burguesía”. Custodio contaba esta anécdota gozoso. Obviamente, encontró un notario con menos escrúpulos de conciencia que la hizo el instrumento público deseado.

Muy pocos saben, (Custodio no divulgaba su filantropía), que nuestro gran científico Salvador Moncada, esté en perpetua deuda de gratitud con su colega Ramón Custodio. Salvador Moncada, era hijo del médico homónimo. Su padre, exiliado mucho tiempo en El Salvador; educó a su hijo en Cuzcatlán. Fue el mejor estudiante en la carrera de Medicina. Por razones de persecución política, el joven también regresó a su país de origen. Desde aquí apeló a una beca para estudiar en Londres, Inglaterra; pero, la beca no abarcaba el pasaje aéreo. Custodio se lo proporcionó. Por eso cuando Custodio visitaba Londres, una limosina lo esperaba en el aeropuerto, y lo conducía a la casa del doctor Salvador Moncada que para entonces era una personalidad científica reconocida y respetada. No es casualidad que la “Fundación Salvador Moncada”, emitiera un acuerdo de duelo, a raíz del óbito del doctor Custodio. Acuerdo que omitieron otras personas jurídicas, cuyos espacios existen gracias al hoy fallecido.

Roberto Sosa (1930-2011), nuestro excelso poeta, también fue su amigo. Una vez Custodio le preguntó: “¿Poeta, en qué trabaja?” Sosa le respondió: “Doctor, hago poesía”. Ahora bien, hacer poesía no es algo venturoso en esta Honduras. La pobreza, con frecuencia tocaba las puertas del poeta. Custodio la ahuyentaba con su mano generosa. Allí dejémoslo.

Yo también, le debo mucho. Me enseñó templanza ante los peligros. El peligro fue una cotidianidad en nuestras vidas, en los borrascosos años de la década de los años ochenta del siglo próximo pasado. Pero, como los anteriores, también tuve su apoyo económico. Un día de tantos, siendo yo vicepresidente del Codeh, recibí la llamada angustiosa de mi esposa: “Tito –así me llama mi familia- tu mamá se cayó de la cama, creo que está fracturada”. Le pedí permiso al doctor Custodio para retirarme de mi trabajo. Me lo concedió al instante. Pero nunca olvidaré su noble gesto. Me dijo: “¿Lleva usted dinero?”. “No doctor”, le respondí. Sacó su cartera y me dio dos mil lempiras. No sin antes advertirme: “hospitalícela e infórmeme qué puedo hacer por ella”. Custodio amaba a doña Conchita, mi madre. La visitaba en las fiestas navideñas. Disfrutaba de los buñuelos propios de esa ocasión y de otras delicias de la cocina catracha.

Finalizo expresando que al doctor Ramón Abad Custodio López, se le reconoce como una persona honrada y culta, con ideas avanzadas y renovadoras. Van mis muestras de pesar a su hijo, el embajador de carrera Ramón Custodio Espinoza, a sus nietos, en este concierto, una agraciada jovencita, muy parecida a su abuela, María Elena.

Tegucigalpa, diciembre de 2022

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