Mi eterna superficialidad

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/ 19 de diciembre de 2022
/ 12:04 am
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Mi eterna superficialidad

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Por: Otto Martín Wolf

Reconozco que siempre priva la superficialidad en la mayoría de los temas y problemas sobre los cuales escribo.

Soy, por autodefinición, un superficialista, alguien que nunca entiende o toca el fondo de las cosas.

Por ejemplo, ante la reciente destitución del presidente de Perú, que muchos atribuyen a sus inclinaciones políticas, aunque la causa expresada sea la corrupción y el nepotismo de su gobierno, la cual fue apoyada por una enorme mayoría de los congresistas, después de todo eso, yo me limito muy -deportivamente- a decir que: Alguien que en ceremonias oficiales se pone en la cabeza un sombrero como el que el hombre usa, merece ser destituido, nadie con un sombrero así merece ser presidente de nada, ni siquiera de la Asociación Mundial de Sombrereros Ridículos.

Todo, acompañado de una serie de consideraciones que realzan la superficialidad de mi pensamiento.

Me consta que la mayoría de los peruanos no visten sombreros como ese, solo utilizado por el vaquero del cine mudo Tom Mix, copiado también por César Sandino, patriota nicaragüense que le heredó a su pueblo el nombre para la tiranía sandinista.

He estado varias veces en Perú y a nadie he visto en esa facha.

Qué más hay en la superficialidad de mi criterio sobre ese sombrero? Será que debajo de este no hay sesos y por eso necesita cubrir su cabeza con algo, igual que los reyes utilizaban coronas?

O, es posible que, debido a su baja estatura física, intente lucir “más alto” con ese gorro que usa? Habrá que ver el tamaño de sus tacones para estar seguro.

Mi superficialidad a veces me sorprende a mí mismo.

El hábito no hace al monje, dice el refrán, entonces el sombrero tampoco hace al político, cierto?

Aquí en nuestra patria también hay muchos con mi misma superficialidad.

Antes de saber exactamente por qué fue destituido el hombre, algunos se apresuraron superficialmente a condenar el hecho y a culpar (como siempre) a los Estados Unidos.

Para empezar, en Perú es frecuente que los presidentes sean destituidos, encarcelados y que hasta haya algunos que se suiciden, como el otrora popular Alan García, culpable de corrupción y que se voló la tapa de los sesos hace algún tiempo. Por cierto, no hay reportes de que utilizó ninguna clase de sombrero para evitar un reguero de sangre en el piso.

Debido a estos antecedentes creo que todos debimos esperar un poco antes de emitir un juicio, excepto quienes lo hacemos superficialmente, por el sombrero que alguien usa.

Seguiré con mi superficialidad como excusa para comentar también sobre la condena de la expresidenta de Argentina Cristina Fernández.

Resulta que fue encontrada culpable de actos de corrupción que involucran más de 300 millones de dólares.

El gobierno es de su partido, ella es vicepresidenta actualmente, se puede culpar a “la derecha”?

Vamos! Todas las condiciones estaban dadas no solo para que no fuera investigada ni llevada a los tribunales si no para su declaración de inocente.

Pero las pruebas eran demasiadas, ni sus mismos partidarios enquistados en el sistema judicial, o su propio gobierno, pudieron capear la fuerza de la evidencia.

Esas son cosas que la mayoría sensata y justa tiene que aceptar.

En mi superficialidad yo me limito a decir que una señora de setenta años, como ella, no debe utilizar pestañas postizas ni tanto maquillaje en sus ojos y que, por esas solas razones merece ser encontrada culpable.

Me pregunto, cómo se sentirán los argentinos y peruanos respecto a nosotros, los hondureños, cuando corremos a solidarizarnos con sus criminales?

Bueno, a lo mejor la mayoría no sabe siquiera que existimos o no les importa lo que pensamos.

Creo que tampoco les interesa lo que opinó el presidente de México -López Obrador- quien simpatiza con todos los que están en contra del principal aliado comercial y máximo receptor de su exceso de desempleados, de nuevo los USA.

Yo, superficialmente puedo decir que AMLO (siglas con las cuales es conocido) debería hablar con mayor energía cuando propone medidas populistas para ocultar los muchos actos de corrupción de su propio gobierno o su intento velado de cambiar la Constitución para continuar en el poder.

El hombre tiene la voz suave de un “matalascallando”, suficiente razón para que nosotros, los superficialistas, no creamos en casi nada de lo que dice.

El respeto al derecho ajeno es la paz (y ayuda a la conservación de los dientes) dice un viejo refrán, a mi igual me gusta más otro que propone la libre autodeterminación de los pueblos, aunque esa autodeterminación no vaya con lo que nosotros creemos o queremos.

Quisiera que en Argentina, Perú, México y Honduras fuera erradicada la corrupción y que la ambición de perpetuarse en el poder desapareciera de la faz de la tierra (más que superficial soy ingenuo, cierto?)

Ambas cosas son imposibles de lograr. Lo que sí sería fácil es que, al menos en Honduras, todos aprendiéramos uno de los principios básicos de la superficialidad: No meternos en lo que no nos importa.

ottomartinwolf2@gmail.com

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