Lo anecdótico y lo histórico, hebras de una misma trama

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/ 23 de diciembre de 2022
/ 12:23 am
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Lo anecdótico y lo histórico, hebras de una misma trama

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Por: Jorge Raffo*

“La anécdota es una modalidad interesante y amable en el estudio del pasado. Quien recorra un libro de historia busca siempre el rasgo sicológico que caracteriza y define. Es la nota propia, íntima y subjetiva, que precisa el relato y nos brinda en la aridez de la descripción la amenidad con la frase alegre e ingeniosa, con la expresión sutil y alada, o la cáustica y amarga ironía” (Gonzales López, 1921).

Decía el galo Merimée (1803-1870) -autor de la novela corta “Carmen”, que sería inmortalizada en la epónima ópera de Georges Bizet- que de la historia solo le gustaban las anécdotas porque en ellas encontraba una pintura real de las costumbres y de los caracteres. Esta opinión del famoso escritor es, sin duda, exagerada, pero cuenta con muchos partidarios en el naciente s. XXI donde la economía de las palabras en las diversas plataformas favorece la anécdota y perjudica la riqueza de una explicación de procesos históricos.

Sin embargo, la historia anecdótica tiene, como afirma Gonzales López, “un delicado relieve de poesía y, en una expresión, nos revela límpido el pensamiento de un hombre, cuya vida, casi siempre, está llena de esas admirables sorpresas”. Y es con la anécdota, con esta forma tan sencilla, como el culto y la leyenda rodea a los héroes y la admiración de los hombres las transmiten de generación en generación, en la charla familiar, en la cátedra o en la lectura autodidacta. Entre los autores clásicos, como Plutarco en sus “Vidas Paralelas” y Suetonio en “En la Historia de los Doce Césares”, se empleó mucho.

Aquellas frases, que reflejan el pensamiento o el sentimiento de esas figuras desconcertantes de la historia, contribuyen a fijar su grandeza en la imaginación y en el sentimiento de las multitudes. En esa línea se encuentran adalides como José de San Martín, Simón Bolívar, Francisco Morazán, José Cecilio del Valle, Juan Rafael Mora, actores fundacionales de la Latinoamérica actual. “No es posible hacer la biografía de un hombre superior sin la anécdota que humanice su figura” (Merimée, 1833).

La grandeza de Morazán, cuya conducta en la lejanía del tiempo se diviniza, no es solamente admirable por la concepción genial de sus propuestas, por la multiplicidad de sus capacidades, sino también, por todo aquel conjunto de anécdotas que rodean su trayectoria y que, al lado de ese desgarrador momento de su muerte, nos dice de su fuerza espiritual con que sabía resolver las situaciones en los momentos más difíciles de una acción.

Las historias anecdóticas, trazadas casi siempre por aquellos que vivieron más cerca de un personaje de la talla de Morazán, constituyen las leyendas y tradiciones de los pueblos. Cada época, en un país, vive en torno a una persona líder que la representa y la resume. En nuestra historia latinoamericana la vida de los capitanes de la libertad, de nuestros políticos y generales perderían en colorido e intensidad, si les faltara la anécdota, que les da ese tono especial, ese elemento “sui géneris” de nuestras democracias.

Las “Tradiciones Peruanas” (1872) de Ricardo Palma recogen, para la época republicana, anécdotas célebres, escritas con tan ameno estilo que hacen de cada personaje, un héroe popular. Así, Ramón Castilla, el más patriota gobernante que ha tenido el Perú decimonónico, fue célebre, además de su valor personal, por sus anécdotas, que son hoy y continuarán siéndolo siempre, verdaderas moralejas por su significado. Un legado cuidadosamente preservado por Palma para los lectores del tercer milenio.

“¿Quién al escuchar el relato de una anécdota de Ramón Castilla no se siente conmovido por la figura atrayente de este soldado patriota y sincero?” (Ricardo Palma, 1900). Su figura en la historia peruana es popular; sus anécdotas, aquellas frases que vertiera con tanto sentimiento y en las que reflejara su espíritu, sorprenden y hacen pensar.

Así, como afirma Gonzales López, en la enseñanza del pasado la anécdota debe tener un lugar preferente; tiene la indiscutible fuerza de dar vida y relieve a la figura de una persona superior.

Sin embargo, es en el cristianismo donde la anécdota individual se subsume en el testimonio de una anécdota colectiva, la figura de un conjunto de personas que, por su fe, fueron superiores: los mártires. “Desde Nerón hasta Diocleciano hubo dos siglos y medio de persecución sangrienta, motivada por la negativa de los cristianos a dar culto al emperador divinizado: se les veía como rebeldes al Imperio, como traidores de lesa majestad. Pero la abundancia de testigos de sangre, como eran los mártires, dio un tono heroico a la existencia cristiana y avivó su conciencia de identidad: los verdaderos cristianos eran los que sufrían pasión y muerte violentas como su maestro y señor. Tertuliano, un teólogo del norte de África, veía en la sangre de los mártires la semilla fecunda de cristianos” (Fernández, 2004).

Lo cierto es que una frase hace célebre e inmortal a un prohombre -actuando individual o colectivamente- pero es la anécdota la que la fija en la historia.

*Embajador del Perú en Honduras

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