“SE OYEN VOCES…”

ZV
/ 23 de diciembre de 2022
/ 12:12 am
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“SE OYEN VOCES…”

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SI bien dentro del colectivo de Winston y el Sisimite hay contactos que ni con el bocado en la boca lo mastican, una buena parte de ellos, gracias a la vieja formación, conservan intacto el buen hábito de la lectura. Y la ventaja, además de la gentil contribución que recibimos de muchos lectores, es contar –en este selecto grupo de amigos– con varios intelectuales. Propicio a la temporada, este relato en prosa del poeta amigo, quien, aparte de las preseas internacionales, recién fue galardonado con el premio nacional de literatura: El asceta y Belén: a modo de díptico: “Sospecho que hay libros que tienen vida propia, por las noches estiran sus solapas y a pie de página y en puntillas se mueven en los libreros. Son aquellos a los que uno vuelve siempre, porque nunca se terminan de leer o porque el texto se vuelve tan personal y alienta ese apetito de usurpar al autor y escribir cuartillas que falten. Sobre esa manía de moverse en los libreros inculpo a un corolario de la Ley de Murphy: La dificultad de encontrar un libro es proporcional al apego”. “Tumbas de poetas y pensadores, de Cees Nooteboom es uno de esos libros gimnastas que nunca encuentro cuando lo busco, pero regreso a él una y otra vez, sus páginas nos llevan del oído, como esos espíritus consagrados a hombrecitos invisibles, que se sientan en el hombro del viajero y lo llevan por el mundo y los tiempos”.

“El escritor neerlandés alcanza la redondez divina con una elemental geodesia, visita los sepulcros y escribe una bitácora”. “Ningún otro libro tiene más páginas apócrifas en mi cabeza, cada vez que visito un camposanto, inevitablemente, plagio a Nooteboom”. “En días pasados visité la tumba de Eusebius Hieronymus, a quien le debemos la traducción al latín de la Biblia, gracia que permitió al vulgo el acceso a las Sagradas Escrituras”. “El calcio de sus huesos se atesora en la iglesia de Santa Catalina en Bethlehem, a escasos metros de la estrella de plata que señala el sitio del nacimiento de Jesús de Nazaret”. “El hecho que el santo esté enterrado ahí no es una levedad: Hieronymus tenía un alma superior, finalizada la traducción de los textos bíblicos se mudó al pequeño poblado de la Natividad donde fundó una comunidad de ascetas y estudiosos y pasó sus últimos 35 años en una gruta, precisamente en el foso de la iglesia de Santa Catalina”. “El santo y su convento fue el primero en dar posada a los que viajaban a visitar la santa tierra y por ello, al pasar los siglos, se reconoció un lugar en su convento, como la representación del sitio «exacto» de la Navidad”. “Escribo estas líneas con diciembre empañado en la ventana, en este momento incontables representaciones de Belén se dispersan por el mundo, desde porcelanas de Lladró hasta esas casitas de barro que se hornean en Ojojona”.

“Pero en toda nuestra geografía nadie más hila el ascetismo de san Jerónimo y la elaboración del nacimiento que Edilberto Cardona Bulnes: Edilberto fue un poeta, un místico y un intelectual riguroso, pero también pudo ser un personaje de Melville: No fundó un convento, pero construyó un campanario en su casa”. “No tenía campana, pero él era un poeta y los poetas a veces construyen campanarios sin campanas para subirse a la torre y en el espacio vacío, imaginarla”. “Escribía encorvado adentro de una cabeza: Sobo mis sienes como pasear un sepia por la tarde de un ciego”. “Escribía todos los meses, menos noviembre, cuando preparaba el nacimiento; bordaba con sus calcetines viejos a José y a María, a los Magos de Oriente y de algún modo, redimía los pasos recorridos y los convertía en una ofrenda”. “No sé los detalles de su muerte, pero es seguro que quien hace esos nacimientos se muere de tristeza: Niños aparecieron sembrando flores sobre la tumba alta”. (A propósito de nacimientos, el Sisimite escuchó decir a Erich Fromm que “el nacimiento no es un acto, es un proceso”. Winston con Federico García Lorca: “La creación poética es un misterio indescifrable, como el misterio del nacimiento del hombre. Se oyen voces, no se sabe de dónde, y es inútil preocuparse de dónde vienen”).

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