El Niño del pesebre

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/ 27 de diciembre de 2022
/ 12:47 am
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El Niño del pesebre
Independencia y recuperación patria

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Abog. Octavio Pineda Espinoza (*)

El tiempo, la vida, la sabiduría, las enseñanzas bíblicas, las historias de nuestras abuelas, de nuestras madres, de nuestras familias, los consejos sabios de nuestros padres, la experiencia, los aciertos y los errores, que son muy comunes entre los mortales, las referencias a las escrituras y esa curiosidad natural del ser humano por descubrir aquello que es eterno, etéreo, trascendente, importante, más allá del carro en el que te montas, la casa que tienes, la ropa con la que tapas tus virtudes y defectos, las cuentas de tus bancos, que al final, no te llevarás al infinito, llegan justo en estos días, para todos los que nos reconocemos pecadores, sin falsos baños de pureza, sin la labia natural de los farsantes, que quizás no tienen ni siquiera el valor de verse al espejo, sin las pretensiones propias de la vanidad y la soberbia, nos señalan que este día, contendido incluso históricamente, pues los estudiosos dicen que Jesús nació en abril, sin las cosas normales de este tiempo, las colas, los gastos excesivos, los excesos, los tamales, las piernas de cerdo, para aquellos que todavía podemos pagarlas, en fin, todas esas cosas que en realidad no son las que deberían celebrarse, nos llaman, a todos, de una manera u otra a una reflexión interna que cada ser humano debe hacer.

Para aquellos que tenemos la suerte de ser padres y madres, se convierte en una oración al altísimo por la salud y el éxito de nuestros vástagos, una petición permanente que el Señor guíe sus pasos, que les enseñe a ser humanos antes que máquinas, a soñar, a creer, a reír y llorar con ganas, a caerse y levantarse, a no venderse por cualquier precio, a que entiendan, como nosotros, sus abismos, sus valles, sus cimas y llanuras espirituales, se convierte en una especie de reflexión real, interna, más allá de las estupideces de nuestras ambiciones desmedidas, más allá del bien y del mal, más allá de nuestras enormes limitaciones mentales, espirituales, físicas o psicológicas, más allá de aquello que retuerce el alma y destruye el corazón.

Al final la historia, la celebración, real o creada por los papas romanos, es alrededor del Niño del pesebre, ese que nació en desventaja pero con todas las ventajas por su sabiduría, ese que nació, vivió y murió pobre, para demostrar que para ser grande no se necesita tener cosas, basta apenas un corazón noble, es alrededor de la modestia de su llegada y la grandeza de su legado, que va más allá de nuestras fútiles pretensiones, alrededor de su padre sacrificado y su madre condenada al sufrimiento, es sobre saber que solo Dios da y solo Él quita, y que todos los días nos enseña, aunque seamos miopes, la alegría de la vida, esa vida que siempre implica una posibilidad de ser mejor, de amar mejor, de crear mejor, de aspirar a más, no por pretensiones banales y efímeras sino por aquellas que nos llenan de satisfacción, a veces en el silencio austero, de entender que como dijo el Señor: “Aquel que me quiera seguir, que cargue su propia cruz”, pero además la promesa del nacimiento de ese pesebre en contra de todas las posibilidades.

Lo cierto, estimado lector, es que cada uno de nosotros debe hacer su reflexión alrededor de ese humilde pesebre, en el que nacieron todos nuestros anhelos, todas nuestras luchas como humanidad, la búsqueda de nuestros mejores ángeles, la comprensión de nuestro pecado original y de nuestra fallida existencia, independientemente de cómo la vistamos, el encuentro de la felicidad eterna que no existe en este mundo lleno de lágrimas y risas falsas, esa felicidad que solo puede existir en el corazón del ser humano acercándose lo más que pueda a lo divino, donde se libran las verdaderas batallas y donde todos nos enfrentamos desnudos como ese Niño en el pesebre, a nuestra mortalidad, a nuestra realidad y a nuestras limitaciones y fortalezas.
(*) Abogado y Notario, Catedrático Universitario.

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