La no identificación con el mundo material

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/ 27 de diciembre de 2022
/ 12:55 am
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La no identificación con el mundo material

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Nery Alexis Gaitán

La identificación psicológica consiste en que cuando ocurren los eventos dejamos que sean los yoes quienes se apropien de ellos y no la esencia. Esto sucede porque andamos completamente olvidados de nosotros mismos. Si el evento es de ira, nos enojamos; si el evento es de envidia, inmediatamente nos volvemos envidiosos; si el evento es de odio, al instante odiamos sin control.

Lo mismo sucede con todas las cosas del mundo material; vivimos identificados con ellas. Como estamos gobernados en mayor medida por el ego, queremos llenarnos de las cosas del mundo. Siempre queremos más; la ambición humana nunca tiene fin. Constantemente deseamos tener más dinero, lujos, carros, casas, posición social, prestigio, tener un estilo de vida lleno de opulencia y de glamour.

El ego nos tiene fascinados con todas las cosas que el mundo ofrece. A tal grado que, para conseguirlas, las personas hacemos lo que sea por obtener dinero y bienes. El consumismo, que es la obtención y acumulación de bienes que no son indispensables para vivir, rige la vida contemporánea. Las personas nos hemos despersonalizado e influenciadas por un sistema de vida equivocado, que solo le rinde culto a lo material, vivimos solo para satisfacer al ego que siempre quiere más y nunca se sacia.

Las personas andamos urgidas por vestir a la moda, poseer el celular de última generación, tener el carro del año, vivir en mansiones, entregarnos a los placeres desenfrenados, drogas, alcohol; es decir, vivimos solo para deleitarnos de lo que el mundo ofrece. Pero como en esta vida nunca se puede tener la medida de la ambición llena, sufrimos terriblemente por no poseer todo lo que deseamos.

La vida se nos torna entonces en un cúmulo de insatisfacciones, lamentos, frustraciones; al no poder satisfacer nuestros deseos nos amargamos hasta lo indecible. Y es que toda nuestra vida la hemos basado en gozar de las veleidades del mundo. El condicionamiento del consumismo nos ha invadido todas las áreas de nuestro vivir. Esto ha producido que seamos seres humanos superficiales, que solo nos interesemos por cosas sin valor; por ejemplo, la música decadente, las peleas de la farándula, las parrandas, el televisor más actualizado, la tablet o el celular de última generación, etc.

La pérdida de la condición humana es tanta, que, por obtener dinero y comodidades, nos hemos olvidado de lo importante, de lo real, de lo único trascendente: los valores del alma. Solo el alma y sus atributos nos ubican como seres humanos en el camino correcto de la vida. Nos otorgan la comprensión necesaria para que entendamos que todo pasa, que nada es para siempre; y que lo único que perdura a través de los tiempos es el alma y sus valores.

Los valores del alma nos señalan acertadamente que todas las cosas del mundo son pasajeras, que su esplendor dura muy poco y que al final solo dejan amargura y desilusión. Que todo sucumbe ante el paso inevitable del tiempo: belleza física, lujos, riquezas, placeres; dejando una terrible lección de fracaso si se ha vivido muy pobremente; es decir, teniendo al mundo como la finalidad de la vida y no lo espiritual.

No debemos identificarnos con las cosas del mundo material, a tal grado de olvidarnos de nosotros mismos; y peor aún, basar nuestra existencia solo en el deleite que otorga el dinero. El equilibrio justo es vivir en el mundo disfrutando de lo que ofrece en la medida de nuestras posibilidades, sin degenerarnos de ninguna forma; asimismo vivir con valores, que es lo más importante en la vida.

Práctica: Hay que reflexionar que el propósito fundamental de la vida no es obtener riquezas, prestigio o trabajos millonarios. Que no hay que caer en la ansiedad de tener dinero, carros, bienes… por sobre todas las cosas. Que la finalidad de la vida es cultivar los valores del alma para vivir con la más alta calidad humana. Los valores espirituales nos equilibran en el mundo y por medio de ellos aprendemos a dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

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