Clave de SOL: Mansa lentitud o rapidez

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/ 8 de enero de 2023
/ 12:02 am
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Clave de SOL: Mansa lentitud o rapidez

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Por: Segisfredo Infante

Una de las experiencias más gratificantes de la vida, es conversar con los amigos y familiares cercanos, sin rigideces, sin prisas y sin agendas. Cuando reaparecen los temas del pasado, los recuerdos comienzan a emerger del subconsciente con mansa lentitud, como un pequeño manantial de aguas tranquilas, entre las rocas egregias y los arbustos inesperados. Después de un buen café, un té o un postre de sobremesa, las conversaciones adquieren poco a poco una coherencia emparentada más o menos con la lógica, a pesar de las borrosidades, según los niveles memorísticos de cada persona.

La clave maravillosa es hablar sin ninguna prisa y sin arrogancia intimidante, y escuchar con respetuosa atención al prójimo. Esto es importante en la vida familiar; pero, tal vez aún más, en los quehaceres públicos. Por eso en la actualidad trato de evitar las entrevistas radiales o televisivas a quemarropa, en tanto que en tales entrevistas pocas veces se sabe cuáles son los verdaderos propósitos, y por lo regular suelen extraviarse los recuerdos, de aquello que uno quisiera expresar con mínima claridad. Nosotros, los hombres otoñales, tenemos los recuerdos y las informaciones dispersas en el horizonte del pasado. Aunque si tales entrevistas se hicieran en un ambiente más calmado, todo adquiriría coherencia. Recuerdo a un entrevistador extraordinario de la televisión mexicana (creo que Ricardo Rocha), a quien le encantaba conversar con personajes de alto nivel que exhibían avanzada edad. Su técnica exitosa consistía en hacer pausas y en fingir tartamudez, o timidez, para darle confianza a los entrevistados.

Ahora las cosas parecieran al revés. Entre más rápido y mordaz hable un sujeto, más atractivo e inteligente pretende lucir ante los demás. A veces escucho a ciertos periodistas (de ambos sexos) hablar a la velocidad de un cohete pirotécnico. Pero entonces me pregunto en qué idioma o dialecto estarán parlando. Hablan tan rápido que nada se les entiende del supuesto “castellano” en que se expresan, tanto en las conversaciones como en los medios de comunicación masiva. Es decir, en el plano personal no les entiendo casi nada de lo que están diciendo, por la forma apresurada de externar sus opiniones, al grado de preguntar, hacia mis adentros, qué percibirán los extranjeros que hablan otros idiomas o que están aprendiendo a comunicarse en español.

Pero ocurre que este fenómeno también se presenta dentro del idioma inglés, sobre todo en las películas y documentales. Una cosa es escuchar a un británico hablando con perfecta dicción su lengua materna, y algo muy opuesto es escuchar a varios actores estadounidenses de ayer y de hoy, quienes con tantas expresiones idiomáticas convierten a su propio idioma en una jerigonza intraducible. No recuerdo si fue Bernard Shaw, o bien Oscar Wilde, el escritor que ironizó que a los británicos y a los estadounidenses les unían muchas cosas, “excepto el idioma”.

Hablar demasiado rápido se ha convertido en nuestro tiempo en uno de los mecanismos predominantes de la descomunicación humana, hasta desnaturalizar los idiomas más respetables. Me imagino que por ese camino es que desaparecen las lenguas clásicas y se convierten en dialectos; o en “gruñidos ontológicos”. Da la impresión que los parlantes se tragan las palabras o no dicen nada. Claro que todos exhibimos defectos congénitos al momento de hablar, incluyendo el problema de las muletillas que incluso las padecía Jorge Luis Borges, especialmente en los programas radiales que fueron grabados en aquellos lejanos días. Ramón Oquelí me facilitó una grabación, en casetes, de unas conferencias de Borges que después se publicaron bajo el título sugestivo de “Siete noches”. Los manuscritos de tales conferencias se encuentran tachados y corregidos de párrafo a párrafo, por el mismo Borges. Pero apartando lo de las muletillas individuales o regionales que todos padecemos, incluso en las aulas universitarias, las conversaciones borgeanas eran eruditas y encantadoras.

Tal problema se agrava, en la vida cotidiana, cuando los entrevistadores radiales o televisivos desean que el entrevistado, orillado en un callejón sin aparente salida, responda exactamente con las ideas preconcebidas de ellos. Pero las personas que escuchan se dan cuenta de inmediato de las llamadas “encerronas”. Entonces cambian de frecuencia radial o televisiva, en tanto que las programaciones rígidas, cuadradas, chismosas o excesivamente ideologizadas, suelen aburrir.

El otro extremo del fenómeno es cuando los personajes públicos hablan con excesiva y ahuecada lentitud, porque se vuelven cansinos y, en consecuencia, fastidiosos o simplemente aburridos. Ello es comprensible por los avances de la edad. Pero aquí es donde se aplica, una vez más, aquel viejo proverbio que reza que “los extremos son malos”. Especialmente en ciertos profesores que ahuyentan a los jóvenes estudiantes.

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