BARLOVENTO: Saberes universales multiláteros

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/ 12 de enero de 2023
/ 12:03 am
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BARLOVENTO: Saberes universales multiláteros

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Por: Segisfredo Infante

La primera vez que conocí el concepto fraseológico de “realidad multilátera” fue en la obra dispersa del escritor olanchano Medardo Mejía. Digo “dispersa” porque aparte de sus libros publicados, muchos de sus textos se encuentran escondidos, todavía, en revistas y periódicos de Honduras, Guatemala, El Salvador y México. Medardo Mejía era un marxista ortodoxo pero muy flexible, o de un “materialismo con alma”, que se había amamantado, previamente, en las ubres del humanismo renacentista y un poco en el enciclopedismo europeo. Admiraba a Pico de la Mirandola y seguía, en la línea antropológica, a Federico Engels y Lewis H. Morgan. También percibía el concepto de “Dios” a la manera de Baruch Espinoza, Albert Einstein y del poema “El quinto silencio” de Alfonso Guillén Zelaya y del solitario “Juan de Patmos”, autor del libro bíblico y poético del “Apocalipsis”. Nunca abandonó el humanismo renacentista. Porque admiraba a Mirandola, José Cecilio del Valle, Francisco Morazán y Juan Lindo. Eso me consta personalmente. Nadie me lo ha contado, en tanto que en mi juventud fuimos amigos cercanos, leí casi todos sus libros, sus artículos y ensayos en “El Cronista” y, sobre todo, en la tercera etapa de la rica y variada “Revista Ariel”, seguidora hasta cierto punto del arielismo anticolonialista de Froylán Turcios, un narrador y poeta exquisito.

Hago énfasis en el nombre de Medardo Mejía pues aquel escritor humilde, huraño y encantador, que amaba entrañablemente a Honduras y aspiraba a poseer conocimientos universales multiláteros, sabía identificar y deslindar las corrientes de pensamiento de su época, y respetar a los hombres y mujeres de diversas generaciones y tendencias ideológicas y políticas. En materia de universalismo me parece que seguía los pasos, hasta donde le era posible, de José Cecilio del Valle, y en el capítulo poético defendía a Juan Ramón Molina y hasta quiso hondureñizar, legalmente, a Rubén Darío, por una estadía infantil del nicaragüense en San Marcos de Colón, pueblo localizado en el departamento de Choluteca, en la zona sur de Honduras. Otro hondureño con tendencia a los saberes universales, admirador de la eticidad del pensador español José Luis López Aranguren, fue el tegucigalpense Ramón Oquelí Garay, con raíces olanchanas. Pero sobre Oquelí he publicado veintenas de artículos a lo largo de las décadas. Tampoco ignoremos al perito mercantil, tipógrafo de profesión y sindicalista por solidaridad circunstancial, Roque Ochoa Hidalgo (mi maestro y amigo íntimo), quien se extasiaba con el “Cantar de los cantares” de la Biblia; la poesía precursora del existencialismo del escritor persa Omar Khayyam y del colombiano Porfirio Barba Jacob, sin olvidar a Rubén Darío. También conocía el marxismo-leninismo; la música clásica; las obras de Sören Kierkegaard, Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre y escribía muy buena poesía. Es decir, “Don Roque” evitaba los encasillamientos y los sectarismos rencorosos de cualquier signo.

Los profesores de todos los niveles escolares de Honduras (incluyendo las universidades) debieran aprender a trasmitir el pensamiento y la actitud pedagógica amorosa de los hondureños mencionados: José Cecilio del Valle, Alfonso Guillén Zelaya, Medardo Mejía, Ramón Oquelí y Roque Ochoa Hidalgo. Por supuesto que nunca olvidamos a otros personajes como Rafael Heliodoro Valle (de dimensión continental) y a Francisco Morazán, quien amén de su guerrerismo involuntario, en su testamento se autocriticó y se alejó de los rencores de cualquier tipo. En cuanto a Morazán hay dos textos interesantes poco conocidos en nuestro ambiente: “La fama de un héroe” de Ramón Oquelí, y “Francisco Morazán y sus relaciones con Francia” del escritor y diplomático Rafael Leiva Vivas. Ambos libros fueron canalizados y publicados por nosotros, en sus primeras ediciones, en la vieja Editorial Universitaria de la UNAH.

Aquel hondureño que prefiera acomodarse en el agujero provinciano de sus simpatías “pedagógicas” excluyentes, será antipedagógico y antiuniversalista, y le hará un inmenso daño a Honduras y América Central. Los verdaderos universalistas que aman a sus propios países, están interesados en el pensamiento filosófico plural y científico de la Antigua Grecia, cuna de los saberes occidentales y universales. También están interesados, los universalistas, en conocer las obras de los chinos Lao-Tsé y Confucio, lo mismo que a los poetas de la dinastía “Tang”. Parejamente les interesa, sin prejuicios, la obra filosófica contemporánea de los japoneses de la “Escuela de Kioto”. Del “Círculo de Viena”. De la “Escuela (neomarxista) de Frankfurt” y de las variadas tendencias anglosajonas modernas. Karl Marx amaba la obra de Shakespeare, y V.I. Lenin leía, con deleite, la “Lógica” de Guillermo Hegel. Por mi lado me gustaría conversar con los flexibles Joseph Stiglitz, “Pepe” Mujica y Lula da Silva, a quien conocí en Tegucigalpa, gracias a una iniciativa del viejo amigo universitario Ernesto Paz Aguilar.

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