LETRAS LIBERTARIAS: El populista es como un niño caprichoso

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/ 21 de enero de 2023
/ 12:03 am
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LETRAS LIBERTARIAS: El populista es como un niño caprichoso
Esperanza para los hondureños

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Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo)

Los políticos populistas son como los niños caprichosos y consentidos: una vez que les permiten hacer las travesuras, no solo volverán a repetirlas, sino también a subir el nivel de desobediencia con los padres. A medida que el niño crece, los padres permisivos comienzan a sufrir las consecuencias cuando aquél se estrella contra las reglas imperantes en otros ámbitos, por ejemplo, en la escuela.

Con el populista sucede lo mismo que con el niño consentido, es decir, sus travesuras van subiendo de intensidad en la medida en que la sociedad y las instituciones ven de soslayo los atropellos antidemocráticos, sin poner reparos legales al torcimiento de las leyes. Por consecuencia lógica, los ciudadanos comienzan a resentir los desmanes del poder, creyendo que el voto es suficiente para borrar a los populistas de una buena vez, pero se equivocan.

Llega el día en que las masas descubren los efectos desastrosos de la cesión permisiva: “El infierno -decía Goethe-, es la verdad descubierta demasiado tarde”. En otras palabras, el populismo crece hasta convertirse en un poder absoluto de difícil supresión, porque los controles sobre la sociedad aumentan proporcionalmente a la desmesura de ese poder, mientras el sistema de frenos y contrapesos de las instituciones lo hace a la inversa.

El día que visité el campo de exterminio de Auschwitz, me preguntaba cómo era posible que una sociedad como la alemana de los años 30, y la comunidad internacional de esa misma época hayan permitido que un loco, un don nadie que albergaba ideas destructivas maquilladas de nacionalismo, ordenara el asesinato en masa de millones de seres humanos inocentes. Toda la lógica apunta en una dirección que parece repetirse por estos días, aunque a algunos les parezca desorbitada cualquier comparación: cuando las masas aclaman todo signo de autoritarismo sin razonar las consecuencias, o cuando los poderes del Estado les permiten a los políticos hacer lo que se les antoja sin objetar sus pretensiones de concentrar más y más poder, entonces, algo anda mal en esa sociedad.

Con el pasar del tiempo, la desmesura populista -sin cortapisas ni frenos democráticos- deviene en un control desmedido de las instituciones y la sociedad civil, en la medida en que las élites, la oposición y los líderes gremiales confían en que las bravuconadas politiqueras son actos pasajeros; “cosas de políticos”, suelen decir con descomunal desinterés, mientras germina el absolutismo. Hindenburg llamó a Hitler el “Soldadito de Bohemia” porque creyó que podía manipularlo en favor de las élites alemanas, mientras en Venezuela, el presidente Rafael Caldera le otorgó un sobreseimiento a Hugo Chávez, tras un fallido golpe de Estado, lo que le permitió al coronel presentar su candidatura en 1998. El resultado de la metida de pata de Caldera: autoritarismo, pobreza y éxodo masivo de los “panas” venezolanos.

El segundo nivel de las travesuras populistas es el absolutismo, y el tercero, se llama la dictadura. Mientras el populismo surge a causa del desorden, la pobreza y la indolencia de los partidos conservadores, el absolutismo y la dictadura se manifiestan cuando el poder es total. A partir de ese momento surgen los decretos, prohibiciones, estados de excepción, etcétera. Para ello es indispensable tener el consentimiento y el control de los otros poderes del Estado, policía y fuerzas militares; todo ello legitimado por las llamadas consultas populares. Para muestra, un botón: el otro día, un diputado de Libre lo advirtió: “El pueblo tiene que ir acostumbrándose a ser consultado”. Lo dijo todo.

Nada de esto surge de la improvisación: el populismo y el control absolutista, obedecen a un bien diseñado plan estratégico que implica alianzas, compras de voluntades, silenciamientos, controles sobre los medios de comunicación no oficialistas, entre otras cosas, sin olvidar una feroz propaganda centrada en dos aspectos: en lo execrable del pasado y las maravillas del futuro con el partido en el poder. La Cuarta Urna, la Constituyente, la Refundación, aunque parezcan caprichos de “cipotes” jugando a los héroes de Marvel, obedecen a ese plan previamente diseñado.

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