LETRAS LIBERTARIAS: El autoritarismo vuelve, pero recargado

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28 de enero de 2023
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12:03 am
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LETRAS LIBERTARIAS: El autoritarismo vuelve, pero recargado

Esperanza para los hondureños

Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo)

En su obra “El ocaso de la democracia: la seducción del autoritarismo”, la escritora norteamericana Anne Applebaum nos advierte, de manera muy pedagógica y secuencial, la tendencia al crecimiento de este virus antidemocrático, y el asedio que sufren las democracias liberales alrededor del mundo. Cada vez es más frecuente encontrarnos con este tipo de gobiernos que rompen las constituciones, que hacen a un lado los frenos legales por considerar que los mismos representan un verdadero estorbo para sus designios fascistoides de prolongarse en el poder.

El mecanismo utilizado es fácil de describir: hacerse del control del Estado por la vía legal, torcer la constitución y asegurarse de ensamblar un mecanismo legitimador para quedarse por tiempo indefinido en la silla presidencial. Todo ello soportado por una ideología que acentúa la participación ciudadana, una argucia politiquera que consiste en acoger a “representantes” de todos los sectores para que las cosas parezcan legales e inclusivas.

A lo que la ganadora del Pulitzer llama “ocaso”, bien podríamos denominar “fracaso”, porque, a decir verdad, lo que ella percibe en la Unión Europea es bastante diferente a lo que sucede en América Latina, si nos remitimos a los detalles. De hecho, es en este continente donde el autoritarismo se luce en alfombra roja, porque la crisis económica representa el mejor ardid politiquero para proponer desde las trincheras populistas, la fórmula para sacar a los pobres de la eterna precariedad.

Los protagonistas casi siempre pertenecen a una extraña izquierda, cuyos líderes surgen, irónicamente, de los partidos conservadores o de la democracia cristiana, de cuya matriz se apartan para enfilar su retórica mesiánica en contra de toda tradición política. De igual manera, los políticos de derechas, como Bukele y Bolsonaro, no dejan de sentirse tentados para romper los cimientos republicanos, argumentando que el pasado nefasto no puede repetirse en la sociedad. La comparación temporal de ese pasado reciente es el comercial más efectivo para alcanzar el poder, puesto que las generaciones del presente, hastiadas de una vida nada prometedora, apuestan a darle el chance a los portadores del lenguaje almibarado, creyendo que con el voto, las cosas cambiarán para mejor.

Pero nada es renovador, salvo el lenguaje utilizado: en realidad se trata de una prolongación de la abyección politiquera de antes, solo que pintada con un tono diferente de “rouge”. El punto de quiebre lo representan dos acepciones que nos apetecen necesarias y urgentes: orden y autoridad. Las masas descerebradas aplauden las batidas de Bukele en los barrios marginales contra los mareros, mientras que la excitación se apoderaba de los venezolanos cuando Chávez decía con soberbia humildad: “¡Mándeme el pueblo, que yo sabré obedecer!”.

Las consignas apasionan cuando la corrupción camina impertérrita por los pasillos del Estado, el desmadre institucional no se soporta, y los pillos pululan como moscas en las calles de América Latina. A falta de soluciones políticas que fortalezcan las instituciones; a falta de un sector productivo dinámico y generador de empleos; en ausencia de organismos justicieros y policiales, inefectivos y coludidos con el crimen organizado, entonces, la única salida, piensan algunos, es la “mano de hierro”, un gobierno fuerte que se haga respetar.

Después de un siglo de fracasos; de ignominias politiqueras, de abandono institucional, de anarquía y de crecimiento económico sostenidamente hacia abajo, se recogen los retazos democráticos que se encuentran esparcidos en el crematorio de la retórica de antaño: en el caudillismo de Perón; en el antiimperialismo aprista; el antioligarquismo de Eliécer Gaitán; en el panamericanismo bolivariano. Si a ellas les sumamos un toque de marxismo, el resultado es un haz ideológico, atractivo, incluyente, y aparentemente renovador. No es de extrañar que cualquier partido que promulgue este mejunje doctrinario resulte atractivo para el ciudadano hastiado de la pobreza, los malvivientes y la corrupción.

Los autoritarismos recargados de izquierdas tampoco son la solución a los problemas económicos; de hecho, los acentúan por despreciar a los empresarios y el mercado. Para cuando la sociedad se percata de la engañifa, ya es demasiado tarde; no hay mucho por hacer, salvo irse del país.

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