PERSPECTIVAS Y CIRCUNSTANCIAS

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29 de enero de 2023
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12:25 am
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PERSPECTIVAS Y CIRCUNSTANCIAS

EN las primeras décadas del siglo veinte, se dieron a conocer dos tendencias de pensamiento que a veces se enlazaban: el perspectivismo y el circunstancialismo. Pero el asunto de la perspectiva apareció en los albores del “Renacimiento Italiano”, sobre todo en el ámbito de la pintura. Mucho antes, durante la “Alta Edad Media”, los pintores religiosos desconocían o rehuían la perspectiva en los retablos que iluminaban y en los bordes de los libros. Las pinturas eran planas, destacándose la iconografía bizantina, que después de una larga disputa llamada la “guerra de los iconoclastas”, terminaron imponiéndose los partidarios de evangelizar a los pueblos analfabetos de Europa Oriental y Asia Menor, por medio de pinturas llamativas, planas y estáticas.

Sin embargo, los grandes pintores renacentistas que habían redescubierto la cultura grecorromana, detectaron el arte de la perspectiva en las antiguas esculturas y lo trasladaron al arte pictórico, logrando la simetría de las proporciones y una profundidad visual, como si se tratara de una auténtica tercera dimensión. El perspectivismo reaparece después, cuatro o cinco siglos más tarde, en la esfera del pensamiento. Los escritores y pensadores modernos, o contemporáneos, plantearon la necesidad de adquirir una manera diferente de mirar y percibir los fenómenos humanos.

Observar las cosas del mundo desde la individualidad o desde lo social, con profundidad de pensamiento, se convirtió en el reto principal de los perspectivistas racionales modernos. Desde luego que las perspectivas (y las percepciones) sólo son aproximaciones a la realidad. Unos personajes poseen más capacidad de percepción que otros. Unos miran más lejos que los otros que son de visión más o menos corta. Todo depende de la formación previa y del nivel de intuición de cada cual.

Sea como fuere en Honduras se necesitan buenos perspectivistas, con miradas plurales y capacidad de proyectar sus pensamientos sobre el entorno, a fin de buscar las mejores trayectorias para alcanzar el bienestar del conglomerado nacional. Porque una cosa es la buena perspectiva, y otra es la proyección sobre el alma del conjunto de ciudadanos del país de que se trate. En este punto intervienen las circunstancias reales de un país, o de una sociedad global, en “un momento histórico determinado”. Aquí conviene diferenciar los deseos personales de cada quien, o de cada grupo, respecto de la realidad estructural y coyuntural resbaladiza de una sociedad específica. Lo ideal colindaría con aquella coincidencia hipotética entre las perspectivas y las proyecciones de los individuos y dirigentes talentosos, ante unas circunstancias que podrían parecer avasallantes.

Los conflictos de subjetividad y objetividad entre los mejores deseos y las crudas circunstancias históricas concretas, poseen una antigüedad que se remonta a los comienzos de las civilizaciones, con mayor acentuación en unas épocas que en otras. Diríase que tales conflictos se han agudizado y han creado toda clase de incertidumbres, durante los aconteceres vertiginosos del siglo veinte y primeras décadas del veintiuno. Aquí podría alzarse sobre el horizonte aquel viejo dicho asumido por las comunidades “pech” del oriente de Honduras, con el siguiente metalenguaje: “Uno nunca sale-piensa”. (Es decir, “uno nunca sale exitoso con lo que piensa”).

Las circunstancias marcan al individuo y a la colectividad. Pero los individuos talentosos y voluntariosos también pueden imprimirle su sello a una época y a un país, por muy orillero que éste sea. Pero esas marcas pueden resultar positivas o profundamente negativas, tal como lo hemos observado en el curso de la historia. Hace pocas décadas, el mismo siglo veinte fue testigo de las más grandes tragedias de los seres humanos, por causa de unos personajes con megalomanías extremas. En Honduras, por ejemplo, fueron recurrentes las montoneras del siglo diecinueve y comienzos del veinte, que provocaron desgarramientos humanos y atraso material y espiritual. La clave es mirar los hechos con ponderación y, de ser posible, con imparcialidad científica.

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