CONTRACORRIENTE: Lucky, nombre de cigarrillos

ZV
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24 de febrero de 2023
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12:03 am
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Por: Juan Ramón Martínez

No fui un estudiante precoz en la práctica de vicios comunes de mi generación. Vivíamos y estudiábamos en una ciudad pequeña, moderna, de la costa norte, en donde desde pequeños, habíamos conocido el hielo, visto el ferrocarril y levantar vuelo los aviones que, aterrizaban en el Arrayan, tres veces a la semana. El instituto entonces, no tenía más de doscientos estudiantes y la camaradería, era moneda de curso corriente. Siendo pobre; pero con enorme curiosidad -que me celebró desde primer grado Cristelia Soto- descubrí pronto que nadie recibía premios y honores por consumir alcohol; o, fumar cigarrillos. Los miembros más viejos de mi generación -Lisandro Quesada y Juan Ramón Fúnez- habían establecido un “código” inevitable para ser intelectual: no bailar; pero sí, beber cerveza. Caí en la trampa de lo primero. Y, solo la abandoné cuando los compañeros más fraternos, se burlaban de mí, porque ellos bailaban a mi primera novia, provocándome celos que, todavía no había aprendido a manejar. La segunda me resultó fácil, porque no tenía disposición genética para urgir del alcohol; ni era tímido para que su consumo, me permitiera expresarme porque para entonces, había decidido que mi vida la dedicaría a la escritura. Y que, para ello, debía leer intensamente, conocer mucho y aprender de los mejores, que en el mundo habían logrado la fama escribiendo en los periódicos y publicando libros. Y como vivía en la “ciudad de la palabra”, desarrollé capacidades de comunicación que, fueron muy útiles para el ejercicio profesoral y la actividad de comunicador, a la que he consagrado la mayor parte de mi vida. Y, para conjurar, las amarguras de la timidez.

Pero no pude sortear la trampa de los cigarrillos. A finales de 1960, mi compañera Nora Mejía, -que fumaba a escondidas-, cuando cursábamos el último año de magisterio, me incitó a fumar. Me tomó en un momento de debilidad afectiva y caí en la trampa. Desde esa fecha, hasta el 4 de octubre de 1967, fumé cigarrillos. Llegué a fumar, en la última fase -entonces vivía en Langue, donde era director del “John F. Kennedy”- una cajetilla al día. Con algunas reglas: no fumaba antes del almuerzo; y, no lo hacía frente a los alumnos, porque sabía que tenía que darles el mejor de los ejemplos. Aunque Pedro Ortiz, alumno de más edad que yo, me mandaba, en broma a Tito Padilla, hijo de Arístides Padilla y Flor su esposa, a que me pidiera frente a todos los alumnos, un cigarrillo. Para entonces fumaba Belmont que costaban 40 centavos. Había pasado de los Dorados, que fueron los favoritos, cuando llegué a estudiar a la Escuela Superior del Profesorado: hasta Paladín y Belmont, los de más categoría.

Entonces había conocido todas las marcas de cigarrillos, que se anunciaban profusamente. Búfalo, King Bee, Extra, Crown, Imperial, Pinares, Paladín, Record. La gran innovación en los cigarrillos, fue la incorporación del filtro. Y los nombres de las marcas estadounidenses que tenían sus ecos entre nosotros, anunciaban paraísos extraordinarios: Camel, Newport, Pall Mall, Lucky Strike y Marlboro, con la publicidad del rudo vaquero y su montura húmeda que después, dijeron que murió de cáncer, provocado por fumar.

A finales de los cincuenta, empezó la Asociación del Cáncer de Pulmón y el consumo de cigarrillos. La revista Selecciones, hacía publicidad en contra. Siendo lectura obligada mientras trabajaba en Langue, estaba muy sensibilizado. Después de una celebración del 3 de octubre de 1967, en que fuimos a trabajar con los alumnos, apoyando a los vecinos de una aldea que levantaban una escuela con sus propios sacrificios, empecé a sentir dolor en la espalda. Creí que tenía cáncer de pulmón; y entonces al día siguiente, tomé la decisión de no volver a fumar jamás. Cosa que he cumplido.

Lo que nunca supe es que nadie usara el nombre de los cigarrillos para ponérselo a alguno de sus hijos. Coleccionaba entonces nombres extraños; pero nunca conocí a nadie con nombre de tabaco. Los antropólogos me habían enseñado que, el nombre determinaba el éxito; o la desdicha. Había nombres para el fracaso; y, otros, para el triunfo. Todo ha cambiado. El nombre no importa. Los méritos menos. Y los que cargan nombres ridículos, animan a los políticos menos dotados, para imponernos sus estupideces cuando llegan, desde la calle, impreparados, al gobierno.

ed18conejo@yahoo.com

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