MINERAL INAGOTABLE

ZV
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7 de julio de 2024
/
12:12 am
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MINERAL INAGOTABLE

ALGUIEN podría pensar que pretendemos hablar de los lavaderos de “oro de placer” del río Guayape y de otros yacimientos adyacentes, que fueron aludidos por Francisco Morazán y por el poeta cubano José Joaquín Palma. O tal vez se podría creer que hay una referencia indirecta a los minerales de “El Corpus”, “El Mochito”, “San Juancito” y otras partes menos exploradas del subsuelo hondureño, como el posible petróleo del cual se ha venido hablando durante décadas. O a las riquezas hidrológicas de nuestro país que se pierden con la depredación de bosques, las sequías habituales o después de cada aguacero.

En verdad queremos referirnos a otro tipo de mineral: el que se encuentra casi escondido en el espíritu individual y colectivo de los pueblos, en este caso del pueblo hondureño, una de cuyas características principales es la timidez mezclada con bravura aventurera, tal como lo han demostrado los pobres y sufridos migrantes, sobre todo las mujeres catrachas que corren riesgos inauditos al cruzar las fronteras y los caminos más peligrosos hacia los territorios del norte.

Detrás de la timidez puede esconderse la determinación y el deseo de abreviar palabras por aquello de las trampas del camino. El hondureño, en términos promedios, suele ser silencioso, apagado y observador. Y sabe aquilatar las personalidades de los demás con pocas observaciones. Se vuelve, eso sí, ruidoso o escandaloso en las cantinas, en las competencias futboleras y en los rodeos electorales. Después retorna, con sentimientos de “mea culpa”, al silencio habitual y a observar los comportamientos de sus congéneres, con escasos niveles de autocrítica.

Muchos de esos comportamientos o desempeños se encuentran cifrados en los libros, revistas, hemerotecas y archivos municipales. No solamente en lo tocante a los escritos y documentos actuales y de la historia republicana en general, sino que desde los comienzos de la colonia en que nacieron los primeros mestizos hondureños que, por falta de una legislación específica para ellos, se movían en “tierras de nadie”, como se ha expresado al hablar de la situación de los mestizos o “ladinos” de los tiempos virreinales. Es decir, los españoles y sus herederos criollos contaban con reglas inherentes a sus condiciones gubernamentales, eclesiásticas y encomenderas. Los indios se convirtieron en súbditos de la Corona de España a partir de “Las Leyes Nuevas” de 1542, consolidando la institución de las defensorías de indios. Los negros fueron, originariamente, traídos de tierras lejanas como esclavos para sustituir el trabajo minero de los indios, y algunos, con el correr de las décadas y de los siglos, terminaron convirtiéndose en capataces y mayordomos de las haciendas agrícolas y de los hatos ganaderos, adquiriendo un estatus social por encima de los mismos indios. En cuanto a los mestizos y los hijos de los mulatos, tuvo que correr mucha agua por debajo de los puentes para que se posicionaran socialmente y fueran tomados en cuenta.

Esta información, que es un mineral espiritual inagotable, se encuentra en los archivos locales de Honduras y de otras partes del mundo, como Guatemala, El Salvador, México, España, Perú, Inglaterra, Francia e inclusive Estados Unidos, a la espera que cada nueva generación aporte historiadores imparciales que sepan buscar contenidos en las páginas amarillentas más ignotas que alguien podría sospechar. Lástima grande que hace pocos años se incendió el Archivo Eclesiástico de Comayagua, en Honduras, y que ciertas personas, de distintas latitudes y longitudes, desprecian la memoria histórica.

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