Sentimientos patrióticos

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/ 18 de septiembre de 2020
/ 12:21 am
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Sentimientos patrióticos

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Por: Juan Ramón Martínez

No todo es malo en el país. Los resultados logrados desde la independencia hasta ahora, aunque no son los deseados, representan esfuerzos singulares. En los que, los mejores entre nosotros, mostraron su compromiso con la nación poco definida; se impusieron a los localismos regionalistas y pasaron por alto las ingratitudes de la vida pública, para entregar lo mejor de sí. En otros en cambio, se impuso la mezquindad, la descalificación mutua e incluso, la perversidad de provocar daños, por diversas razones, a sus compatriotas y a la nación. Ahora, en este mes de septiembre, en una situación muy irregular –nunca antes vista en el país– hemos tenido la oportunidad de apreciar diferentes manifestaciones del espíritu patriótico general, mismas que nos permiten tomarle el pulso a la nación y calibrar el espíritu nacional. Nosotros, en otros artículos, nos hemos quejado de la falta de orgullo nacional, tendencia a la dependencia y muchas conductas inestables que, impiden acuerdos, invocándose incluso argumentos pueriles. Pero ahora, viendo la actitud de la población en general, he recobrado un poco de confianza, tanto en la capacidad de improvisación de las autoridades, como también la disposición para mantener –aunque focalizados– los entusiasmos de la población, especialmente en los desfiles patrióticos, las bandas de guerra y los espectáculos de los paracaidistas de las Fuerzas Armadas. Y fundamentalmente, fuera de algunas acciones propias de espíritus vandálicos, –que no hay que destacar por minúsculas– el comportamiento de la población es, motivo de aplauso y esperanza.

Pero también, hemos visto algunos claroscuros, caracterizados en su orden, por una visión estática de la independencia. Lo mismo que, la idea que todo lo que se hizo en el pasado, fue malo y, lo peor, que no tenemos ninguna responsabilidad en lo que está ocurriendo en el país. Por supuesto, detrás de estas expresiones encontramos ignorancia de los procesos sociales en que estamos inmersos; limitada formación histórica por fallas en la enseñanza en general; cierta desesperanza por el desbocado individualismo que afecta a las generaciones jóvenes y medianas del país y, por qué no decirlo, una dosis de amargura que, a mi juicio, recorre el centro del espíritu nacional. Sobre esto último, me ha impresionado mucho leer un texto, sin firma, –lo que demuestra falta de caballerosidad para defender sus opiniones– en el que se afirma que no hay nada que celebrar. Y lo peor, un ataque –que nunca había leído– también sin firma, en contra de José Cecilio del Valle. Ataque que, carece de consistencia, porque esconde un sectarismo desmesurado, que se solaza de satisfacción, derribando las estatuas que nos honran. E incluso, pasando por alto que, no se pueden juzgar los hechos históricos, con las valoraciones del presente, porque se provoca una distorsión de los hechos estudiados. En el primero de los artículos que leí, me pareció falto de destreza en el conocimiento de los hechos y la ausencia de una visión de conjunto para entender lo que ocurría en España en 1821, en que la monarquía pasaba por una de las peores crisis que poco hemos estudiado. Tampoco toma en cuenta las intenciones de México, no solo para salvar la monarquía española como para crear la propia, incluyendo a Centroamérica. En el segundo artículo pretende desconocer la cultura de Valle. La sabiduría que exhibía Valle en su momento –y que Ramón Oquelí se encargó de demostrar en una valiosa antología que habremos de publicar para que se conozca el espíritu científico que animaba al más enciclopédico de nuestros compatriotas– no es cosa inventada. Y que, tampoco es novedad, porque todos los medianamente informados, sabemos que la independencia fue obra de los criollos; que mantenían una disputa por la burocracia con los españoles. Respetamos las opiniones ajenas. Pero es necesario entender que la independencia, es el nacimiento de un proyecto, en el cual, los fundadores tenían visiones, que quienes les hemos seguido, debemos preservar y ajustar. Por ello es que, no hay que preguntar si debemos celebrar o no. Lo correcto es, identificar si hemos hecho lo adecuado. Tanto aprendiendo de las lecciones aprendidas, como de las rectificaciones efectuadas. Mis padres me procrearon. Pero lo que yo soy, es de mi responsabilidad. Y si no tengo que celebrar, la vergüenza no es de aquellos, sino que mía, exclusivamente. Así, hidalgamente hay que ver las cosas.

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