Sin tolerancia y sin debate no hay democracia

Sin tolerancia y sin debate no hay democracia
MA
/ 26 de diciembre de 2020
/ 12:40 am
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Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

Como buenos latinoamericanos, en mi casa se hizo una costumbre dominical cerrarles las puertas a los Testigos de Jehová, cuando solicitaban unos minutos de nuestra atención para anunciar el Evangelio. Mala enseñanza esta que aprendimos de los mayores. Esconderse y no hacer ruido para que no lo pillaran a uno, o decir simplemente: “Estamos muy ocupados, ahí en la próxima ¿Sabe?”. Y ellos daban la vuelta con ese estoicismo religioso de siempre, sabedores que cumplieron, pese al desdén y las mentiras.

Menospreciar a “los diferentes” es un problema cultural que en nuestras sociedades nos enseñan desde niños, y que jamás pude entender hasta que aprendí el arte de escuchar, bien por educación o por necesidad adaptativa; muy a pesar de mis convicciones y de mi fidelidad católica. Establecer comunicación con quienes suelen tener costumbres y pensamientos diferentes -religiosos, ideológicos, sexuales o literarios-, no es cosa fácil, porque los seres humanos solemos interpretar las conductas de los otros, echando mano de nuestros propios marcos valorativos e intelectuales que suponemos superiores a los de cualquiera.

Acondicionar mis ideas se lo debo en buena parte, a las lecturas renovadoras de Octavio Paz cuya pluma fue preponderante para desterrar las calcadas fórmulas revolucionarias que, en América Latina, tenemos por costumbre convertir en piedras filosofales, principalmente en el ámbito académico. Entendí que la “pluralidad” a la que el nobel mexicano alude en sus obras, reclama no solo la aceptación hacia “los otros”, independientemente de sus estilos de vida, sino también -y más importante aún-, afirma y confirma el respeto por las libertades que se originan, precisamente, en las relaciones individuales, y que se prolongan hasta el plano colectivo cuando asumimos responsablemente la tutela de las instituciones, incluyendo a la familia misma.

Solo así se construye la democracia, y solo de esta manera se asegura la convivencia de los unos con los otros -o con los “diversos”, como decía Hannah Arendt-. De eso, precisamente, se trata la política, de aprender a vivir entre los diferentes, pero respetando las posturas divergentes, por muy chocantes que nos parezcan. Cuando el entendimiento no es posible, entonces, los extremismos y los fundamentalismos ocupan el lugar del diálogo, y sobreviene la descalificación personal y las persecuciones que son las formas más despreciables de ejercer la política o de atraer simpatizantes. Lo que debemos combatir, con sólidos argumentos, son las ideas, pero jamás a los portadores de estas. Es una frase hecha, pero verdadera.

Hoy en día, las cosas han cambiado desmesuradamente. Como ya nadie tiene el monopolio del sentido, como dice Alain Touraine, los grupúsculos ideológicos posmodernos procuran imponer su verdad para alzarse con la victoria prescindiendo del empuje que otorga la fuerza de la razón y el respeto por la diversidad que ellos mismos pretenden defender. Pero esa ansiada victoria ya no se obtiene por medio del debate y el apabullamiento público de las ideas, como hacían los políticos de antaño, sino, a través del desprestigio y la difamación privada, las mismas tácticas utilizadas por el estalinismo en los países satélites de la antigua Unión Soviética, y la forma más ruin para borrar al temido contrincante. A ello hay que agregar el penoso papel que desempeña la comunicación digital en los tiempos posmodernos: la pretendida “democratización” que ofrecen las redes sociales, nos muestra que la vileza y el descrédito, de las que hacen gala los cobardes anónimos, tienen mayor peso que las discusiones públicas donde se revelan las verdaderas intenciones de los oponentes.

Azuzar y excitar el odio hacia los que piensan diferente -la vía más despreciable del debate ideológico-, me recuerda mucho a los buenos Testigos de Jehová, a quienes, en mi casa como en la suya, les cerrábamos las puertas por desidia reflexiva, por miedo o por ignorancia, y porque nos creíamos superiores.

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