Profesor Nelson

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/ 30 de diciembre de 2020
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Carolina Alduvín

En agosto de 1973, en matrícula extraordinaria y con el amable apoyo de Lina Orellana, llegué al Departamento de Biología, ella pidió nos anunciaran con el jefe; nos recibió cordialmente el doctor Cirilo Nelson, luego de revisar que los documentos estuvieran en orden, con la rectitud y sentido de legalidad que lo caracterizaba, sugirió que cursara esa materia básica el siguiente año, puesto que las clases habían comenzado 2 semanas antes. Expliqué que mi intención era seguir esa carrera y argumentó que con mayor razón debía esperar y empezar por el principio. Así fue, la clase era colegiada y él impartía los temas finales, fue quien expuso a mi grupo y con toda sencillez los fundamentos de la Biología Molecular que me atraparon para siempre.

Fue también quien me llevó a conocer, junto a su asistente, la Escuela Agrícola Zamorano, en una de sus visitas de todos los jueves al gran herbario de la institución, al tiempo que, paso a paso hacía crecer la colección del Herbario de la UNAH, mediante el depósito de los ejemplares colectados en sus giras de campo por todo el país, y con los obtenidos mediante intercambio con botánicos y curadores de todo el mundo. Atendí su cátedra de Taxonomía Vegetal, muy interesante y predominantemente memorística; fácil, a fin de cuentas, reforzada con colectas en el campo, donde tuve oportunidad de colaborar bajo su guía, siguiendo todos los pasos para la debida preservación, registro y depósito de los ejemplares botánicos, haciendo recuento en vivo y a todo color de la riqueza en nuestros recursos florísticos en diversos ecosistemas.

Su ardua labor de investigación y sistemática documentación, llevó a que el modesto Herbario universitario de los 70s, fuese registrado en el Index Herbariorum internacional con las siglas TEFH y su nombre. Personalmente se encargó de investigar en los grandes herbarios europeos y de Norteamérica, los registros y depósitos de plantas originarias de Honduras, colectadas por famosos exploradores de los siglos previos, documentar y publicar al respecto, en la Revista de la Universidad, en La Ceiba de la Escuela Agrícola Panamericana de Zamorano y otras de renombre. Entre sus obras, podemos mencionar Nociones de Taxonomía Vegetal, que incluye elementos básicos de latín para botánicos. Plantas Comunes de Honduras, en dos volúmenes y Nociones Fundamentales de Anatomía Vegetal, todas con el sello de Editorial Universitaria.

Su obra magna es Catálogo de las plantas vasculares de Honduras, editada por la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente, a través de la Dirección de Biodiversidad. Sin embargo, lo mejor de su legado vive en las mentes y corazones de todos los que recibimos sus enseñanzas en aulas, laboratorios, herbario y campo. No solo nos enseñó a reconocer y clasificar las plantas, también orden y disciplina, respeto a la ortografía y a la rigurosidad científica, a expresarnos debidamente por escrito, a seguir reglas y cumplir plazos, a hacer las cosas bien desde el principio y a honrar nuestra profesión.

Como jefe fue estricto, justo y generoso, con el tiempo, la convivencia y los objetivos comunes, nos hicimos amigos, su apoyo contó para que yo alcanzara la jefatura en la elección más reñida en la historia de nuestra unidad académica, cuando una instancia superior tuvo que decidir en base a ley. Luego vino el Premio Nacional de Ciencia en 1987, entregado por el presidente José S. Azcona en la antigua Casa Presidencial.

Incansable investigador, descubrió para la ciencia mundial e hizo la descripción botánica y publicación de más de una docena de plantas nativas, las dedicó a varios de sus alumnos y asistentes; con la imagen de algunas de ellas, el Correo Nacional emitió sellos postales en la década de los 80s. A su vez, otros especialistas que colectaron y describieron nuevas especies, las dedicaron al doctor Nelson. Representó dignamente a nuestros científicos y educadores en congresos internacionales y Conferencias de Biodiversidad de la ONU, nos integró a la Red Latinoamericana de Botánica y a la Conferencia Panamericana de Educación en Biología.

La UNAH lo nombró primer instructor de Biología en 1962, le otorgó el Doctorado Honoris Causa en 1985 y Premio de Investigación 2007. Se retiró en 2008, viajó a muchos destinos y residió sus últimos años en Alcalá de Henares, donde recibió y alzó su copa de vino con una serie de exalumnos que le visitamos, yo pasé por ahí en 2016. Que la tierra le sea leve querido profesor.

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