Quete Queto

MA
/ 29 de junio de 2021
/ 01:19 am
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Quete Queto

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Cuando yo era una niña pequeña, recuerdo que mi mamá nos acostaba en la cama a mis hermanos y a mí y nos contaba una historia tras otra; ¡pobre! Tenía que inventar miles de cuentos para satisfacer el hambre mental de su voraz público infantil. Luego, tuve la bendición de ser su alumna en la escuela, pues era maestra de profesión, y me di cuenta que el “vicio de cuentos” no era exclusivo de mi familia; mi mamá hacía uso de historias y fábulas para que sus alumnos aprendieran alguna lección moral o incluso académica, y yo viví en carne propia los efectos de su método de enseñanza; a todos nos encantaba. En este punto, recuerdo mi niñez y trato de no olvidar lo que un infante piensa y siente, me esfuerzo mucho en no sacar de mi memoria esas sensaciones para poder comprender a los niños con los que tengo contacto.

Hace aproximadamente dieciséis años, mi hijo mayor tenía dos años de edad. Era un bebe hermoso (el hablar típico de una madre) su cabello liso enmarcaba sus grandes y brillantes ojos café. Todo el día tenía el dedo pulgar en su boca, prácticamente solo lo soltaba para comer, jugar y dibujar. Tengo recuerdos tan vívidos de él sentado en mi regazo con su dedo en la boca, escuchándome contarle cuentos, su mirada era una combinación de atención hacia mi persona con una abstracción difícil de explicar… estoy segura que vivía en su imaginación todo lo que yo le relataba en forma de cuentos. Cuando yo decía la frase “colorín colorado, este cuento se ha acabado” inmediatamente se escuchaba un sonido particular desde su boca pues sacaba abruptamente el dedo de ella y siempre me decía: “quete queto” y volvía a su estado anterior. En su lenguaje infantil, esa frase quería decir: “cuente cuento” y me lo solicitaba casi como le habla un coronel a un cadete. Yo he inventado no se cuantos cuentos en mi vida, porque la situación no fue diferente cuando se unieron al clan de los “quete quetos” mis siguientes dos hijas. El caso es que tal como hizo mi mama en su momento, yo descubrí que mediante historias se podía inducir el comportamiento de los niños al mismo tiempo que se estimula su imaginación y se tiene un ambiente feliz y agradable.

Hace un tiempo, comencé a dar clases virtuales de arte a un grupo de niños de seis a doce años de edad. Cada clase dura tres horas. Rápidamente entendí que tenía que tener una dinámica que permitiera que los niños se mantuvieran interesados, enfocados y de buen ánimo… ¿Qué creen que se me ocurrió? ¡Estoy segura que ya lo adivinaron! Diseñé unos videos tutoriales en los que un personaje llamado “El conejo Nejo” les enseña a dibujar a los niños, y mientras están haciendo sus ejercicios del día y yo les doy tiempo de avanzar; entre revisión y revisión, les cuento una historia. Lo cómico del asunto es que les relaté la anécdota de mi hijo y como el me pedía que le contara cuentos con su célebre frase “quete queto” entonces ahora mis estudiantes hasta han hecho una canción y un baile que dice “quere quete queto, me guta quete queto” ¿Qué les parece? ¡de repente hago un video para que se haga viral!

Mi conclusión al final de cuentas (o de cuentos) es que las historias son un recurso valioso en el aprendizaje de cualquier disciplina y asunto moral. No sé por qué los adultos y particularmente los educadores de niños, no usan tan accesible y gratis herramienta… ¿será porque olvidaron como se siente que les cuenten un cuento?

PD: Mi hijo mayor ha decidido convertirse en un contador de historias por medio del arte digital… interesante ¿no?…

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