Los misquitos siempre fueron incomprendidos desde principios de la nación

Los misquitos siempre fueron incomprendidos desde principios de la nación
ZV
/ 29 de mayo de 2022
/ 12:53 am
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Rubén Darío Paz*

Aunque ha tardado en reconocerlo, Honduras es una sociedad pluricultural y plurilingüe; y aunque parezca una identidad de diseño, al menos así se encuentra plasmado ya en la Constitución de la República. La categoría otro en Honduras engloba a ocho etnias, entre indígenas y negros. Se comprende entonces la importancia del estudio de ese otro y tanto más si se trata de los misquitos. Me explico: si el otro del español fue el indígena americano, el otro de la nacionalidad hondureña históricamente ha sido el misquito y no solo por razones étnicas, sino que también por razones geopolíticas y espaciales. Mientras que casi todos los grupos indígenas de Honduras fueron reducidos a la impotencia, el hecho que los misquitos se encuentren ubicados en esa apartada región, ubicada en el noreste del país llamada La Mosquitia, comunicada aún en la actualidad, algunas veces por vía aérea, y con más frecuencia por vía marítima, eso les impidió a los españoles primero, a las clases dominantes criollas después y a los ladinos, por último, ejercer control sobre el territorio y la población misquita.

Su condición geográfica, además, les permitió a los misquitos en los siglos XVIII y XIX ser aliados claves de los piratas, los comerciantes y los agentes imperiales ingleses, franceses y holandeses. De tal manera que los misquitos en Honduras siempre han sido leídos desde la identidad malinche, tan temida y atacada en Mesoamérica; por su parte, el orgullo de nunca haber sido un pueblo sometido forma parte central de la identidad étnica del misquito y cómo se percibe en relación a Honduras y lo hondureño.

Lo anterior provocó dos fenómenos: por una parte, los misquitos siempre fueron mal comprendidos desde la nación y desde las instituciones del Estado hondureño; y, por otra parte, esa distancia simbólica, que subyace tanto en el imaginario del misquito como en el imaginario hondureño, le permitió a los misquitos un diálogo abierto con las culturas inglesa, francesa y holandesa, de las cuales tomó elementos sin necesariamente renunciar a su identidad. Puedo decir sin temor a equivocarme que los misquitos son doblemente otro para el hondureño y ellos mismos ven a Honduras como otro espacio y al hondureño como otro.

La iglesia Morava, ante la ausencia del Estado.
Se sabe que ninguna cultura contemporánea se mantiene estática, sin embargo, es importante señalar que la cultura misquita ha seguido un proceso tan solo marcado por las condiciones adversas e inhóspitas de la naturaleza y —esto es lo fundamental— por la acción misionera de la iglesia Morava. Lo cual quiere decir que el universo simbólico de su cultura ha continuado ininterrumpidamente la elaboración y reelaboración de las vicisitudes de la naturaleza y de las calamidades materiales, pero a la vez, ella misma está siendo sometida a un paulatino proceso de “civilización” Morava. A lo primero se le suma las vicisitudes del medio, la infertilidad de sus suelos, la falta de una agricultura sustentable, y es por ello, que les ha tocado enfrentar y depender exclusivamente, de los recursos acuáticos que ofrecen las vertientes de agua, llámense estos, ríos, lagunas o mar. Es esa actividad pesquera, las que les ha permitido subsistir, crear y recrear elementos culturales desde el mundo que les circunda, más la recreación de elementos foráneos, que, a través de un largo proceso histórico, han dejado a su paso, grupos de bucaneros, piratas y comerciantes, entre los que figuran: ingleses, holandeses, franceses y españoles.

Las razones anteriores son los elementos que me han motivado para indagar sobre los misquitos, su cultura, sus actividades económicas, y su sentido étnico de la existencia, determinada por un entorno hostil y por un mundo de lluvias tropicales, caudalosos ríos e innúmeras lagunas que les lleva a percibir la existencia no solo como algo frágil, sino que, además, como algo que depende de los espíritus de la naturaleza.

Es por ello que siempre me preguntó, ¿Cuáles son los eventos históricos que han ayudado a construir la identidad cultural misquita en relación a su entorno y frente a los otros? ¿Cuál es la especificidad étnica misquita, como se preserva y se reproduce su cultura? Trataré de hilvanar algunas consideraciones, que igual pueden abrir un dialogo mayor.

Proximidad histórica a la mosquitia hondureña
Al iniciarse el proceso de conquista española a principios del siglo XVI, el territorio de lo que ahora comprende la República de Honduras, estaba habitado por numerosos grupos indígenas descendientes de diferentes troncos étnicos. Algunos ostentaban un grado de desarrollo superior, y fue en esos lugares donde el conquistador años más tarde estableció las primeras villas, que a la postre se convirtieron en poblaciones españolas. Otros grupos indígenas, apenas alcanzaban niveles de simple organización o eran tribus ambulantes. Los informes de los cronistas de la Corona Española son abundantes en detalles, y mencionan cientos de nombres de grupos indígenas dispersos, algunos con menos resistencia ante el conquistador, otros indomables y aguerridos. El panorama fácilmente se puede extender a casi todos los dominios de ultramar, bautizados como nuevo mundo y sobre el que por más de trescientos años el imperio español ejerció dominio. Sobre la distribución poblacional indígena, en la Honduras de ese entonces, se destaca el siguiente informe:

“El conquistador español López de Velasco contabilizo 10,000 indígenas tributarios en la jurisdicción de Olancho; para fines del siglo XVI se calculaba en unos cuatro o cinco mil indígenas la población de la región conocida como Taguzgalpa, situada al sur del cabo Camarón y al este de Olancho y Segovia. Incluso en el siglo XVII, el carácter altamente poblado de la provincia de Honduras en general y de esta zona en particular, mereció especial atención; al respecto, el año de 1611, fray Verdelette describió los valles de Olancho como “muy poblados”.

El indígena pronto se convirtió en mano de obra al servicio de los conquistadores, para ello se crearon instituciones inéditas de explotación, como las encomiendas y los repartimientos, que sirvieron de medios para imponer la lengua española y la religión católica, y que luego facilitaron además la potestad sobre la tierra y explotación de la mano de obra indígena. El destacado investigador Tojeira, al referirse a la conquista española en el territorio hondureño apunta que esta “se caracterizó en (…) por un fuerte tráfico de esclavos hacia las islas mayores y por el trabajo forzado” . También resultan fundamentales los criterios de Linda Newson, cuando nos explica el impacto sobre la población indígena en la región oriental en Honduras:

“Los factores que influyeron en la despoblación de Honduras fueron: el tráfico de esclavos negros y la difícil conquista de la provincia por falta de una efectiva organización política de los nativos a través de la cual los españoles podrían haberse hecho con el control de la población, y a raíz de los conflictos entre los mismos españoles por la posesión de los territorios del área. A todo esto, aunque la parte oriental de la provincia permaneció sin colonizar, la población de esa área se redujo posiblemente en la mitad o dos tercios, dejando aproximadamente de setenta y cinco mil a cien mil indígenas en 1600” .

Un sincretismo cultural sin precedentes
Conforme avanzó el proceso de conquista y colonización, las estructuras indígenas fueron desapareciendo y en el mejor de los casos, los elementos se fusionaron hasta constituir un sincretismo cultural sin precedentes en la historia de la humanidad. Se sabe que algunas colonias del Caribe perdieron la casi totalidad de su población indígena, a tal grado que en pocos años de presencia europea hubo que sustituirla con esclavos negros provenientes de diferentes regiones de África. Cuba y República Dominicana, son el mejor ejemplo de repoblación en el caribe del siglo XVII, prueba de ello es la composición poblacional que actualmente exhiben.

De igual manera sucedió con territorios continentales a lo largo y ancho del istmo centroamericano: del indígena, el blanco y el negro, no solo se amplió la paleta racial, sino que los elementos culturales de cada uno de ellos se interrelacionaron. Aún hoy con los siglos transcurridos, algunos de esos elementos son notables. Es indiscutible que, en algunas regiones de la América colonial, los daños del exterminio de los pueblos indígenas fueron irreversibles; en cambio, otras regiones resultaron más complicadas de someter, bien por su amplitud o porque sus accidentes geográficos sirvieron de obstáculo natural para evitar la presencia de las huestes conquistadoras europeas.

Debió transcurrir más de un siglo para que miembros de algunas órdenes religiosas dispusieran acercarse a los diferentes grupos indígenas que poblaban La Mosquitia, “extensa porción del noreste de Honduras, que era conocida como «Taguzgalpa», durante el período colonial entre 1521 y 1821 […], los evangelizadores sostenían que esta región era cuna de innumerables pueblos”.

Troy nos recuerda que:
“En 1622, el franciscano Cristóbal Martínez de La Puerta desembarcó en el Cabo de Gracias a Dios, pero en lugar de permanecer en la costa, decidió internarse por lo que llegó a evangelizar a los payas, los guayas y, finalmente, a los albaltuinas, un grupo de sumos. Estos le dieron muerte […] Los zambos-misquitos atacaban con frecuencia las pocas reducciones que los franciscanos y los recoletos habían logrado entre los jicaques y los payas. Su objetivo era múltiple; por un lado, debilitar y evitar el avance de la frontera hispánica y, por otro lado, capturar indios como esclavos para venderlos a los ingleses.”

En la medida que la Corona Española tomaba el control de diferentes territorios centroamericanos, otras potencias europeas (Portugal, Francia, Holanda e Inglaterra) se incorporaron a la aventura económica en el Nuevo Mundo. Estas les fueron disputando posiciones importantes a los españoles y les fueron copando diferentes puntos estratégicos del territorio centroamericano. Así, desde muy temprano los ingleses se instalaron en diferentes sitios de la costa caribeña, entre Honduras y Nicaragua. Bajo esas circunstancias se registra, entre los años 1655-1742, “la expansión” y el afianzamiento de “los asentamientos ingleses en la costa misquita”, dedicados “a la explotación de carey, el cultivo de la caña de azúcar y el contrabando con Centroamérica. Muchos ingleses de los asentamientos de Yucatán, Campeche y Panamá llegaron a las costas misquitas. El asentamiento más importante fue Black River (hoy Palacios), nombre que los ingleses le dieron al río Tinto”.

España nunca tuvo el control de la costa misquita
Desde la historiografía centroamericana de inicios del siglo XVI, se sabe que entre otras cosas España organizó instancias administrativas aglutinadas en la Capitanía General de Guatemala, y que de este último organismo dependían las provincias centroamericanas; sin embargo, tampoco se puede desconocer que en la práctica, fue Inglaterra, la que ejerció control absoluto sobre las islas del mar Caribe y la costa de los misquitos, frente al territorio continental de Honduras y Nicaragua, sobre todo a partir de los siglos XVII, XVIII y parcialmente el siglo XIX.

Significa que los asentamientos ingleses, a lo largo de la costa misquita hondureña, hasta los límites del sur de Bluefields en La Mosquitia nicaragüense, fueron apreciables territorios para la corona inglesa, dónde además de realizar un comercio intensivo, hicieron sentir su presencia al convertir a los misquitos en sus mejores aliados, a beber ron, a usar armas para las prácticas de cacería, al intercambio comercial y, en el peor de los casos, a cómo someter a miembros de las etnias vecinas (Tawhakas, Sumos y Pech) con el propósito de convertirlas en mano de obra barata para los ingleses. “Por muchos años España había tratado sin éxito de expulsar a los ingleses de la Costa de los misquitos. Todas las operaciones militares dirigidas contra la presencia inglesa habían fracasado, en gran parte debido a las dificultades en el transporte y la comunicación, así como a la hostilidad de los indios moscos que habían sido aliados de los ingleses desde el siglo XVII”. De forma similar, al referirse a los misquitos
Membreño Idíaquez apunta que “se vieron forzados a adoptar las lenguas de las culturas con las que entraron en relación”. Incluso hasta nuestros días y según las observaciones de campo que he realizado, los misquitos son anuentes a todo lo que les llega del exterior (vestidos, músicas, festividades y comidas), lo asumen con “naturalidad”. Sin embargo, ello no nos autoriza a desconocer que no han renunciado a sus prácticas ancestrales ya que en el interior de las familias se sigue creyendo en los espíritus (liwas, ujhula, alwani, weiwhan, lasa y duhindes entre otros).

Los misquitos, al igual que los otros grupos culturalmente diferenciados, sometidos a un largo proceso de intercambio cultural, son poseedores de una amplia riqueza cultural. No obstante, su riqueza cultural, a lo largo del período colonial, al indígena se le calificó con frases peyorativas, ya nos lo comenta Marvin Barahona: “La idea que dominó la mentalidad colonial, desde el primer momento, fue que los “indios” en realidad no eran seres humanos, que apenas podían considerárseles semihombres o, en el mejor de los casos, menores de edad, que necesitaban “hombres civilizados” para tutorarlos, civilizarlos y evangelizarlos”.) Aun cuando la generación de pensadores liberales posteriores a 1821 (año de la independencia de las provincias de Centroamérica) instituyó los parámetros del Estado Nacional, el discurso peyorativo de que “los indios eran seres salvajes o incivilizados” , siguió siendo una constante de la sociedad de ese entonces.

La presencia de Inglaterra y Estados Unidos en la región centroamericana se acentuó, sobre todo por la polarización de intereses imperiales de dominación sobre los Estados recién creados. Inglaterra tuvo el interés persistente de construir un canal interoceánico entre el río San Juan y los lagos de Nicaragua, mientras que Estados Unidos, por su parte, pretendía asegurarse para sí un rol hegemónico en dicho proyecto. Inglaterra, pese a la resistencia de los Estados Unidos, siguió teniendo dominio sobre Belice y gran parte del Caribe hondureño, principalmente sobre los puntos costeros habitados por los misquitos. Sin embargo, en ese contexto histórico fueron evidentes las presiones norteamericanas para que Inglaterra negociara con Honduras la devolución de los territorios insulares (Roatan, Utila y Guanaja) y parte de La Mosquitia en tierra continental. Así y en torno a estos puntos se firmó el Tratado Wicky-Cruz, suscrito en Comayagua el 28 de noviembre de 1859 mediante el cual “el gobierno de Gran Bretaña reconocía la soberanía hondureña sobre La Mosquitia, ocupada hasta ese momento por la corona británica y los «indios Mosquitos», según lo señalado en el texto del tratado”.

Una vez legalmente incorporado el territorio de La Mosquitia al Estado hondureño, y pese a las persistentes guerras intestinas propias de ese período, el gobierno hondureño nombró ya para 1861 las primeras autoridades de orden civil y militar en La Mosquitia.

Manuel de Jesús Subirana visitó la Costa caribe
Recordemos, para esos años recién había llegado al país el sacerdote claretiano Padre Manuel de Jesús Subirana. Por gestiones de dicho personaje y sus vínculos con los gobiernos de ese entonces, se adoctrinó a muchos indígenas; incluso se crearon algunas aldeas que agruparon pobladores tolupanes (jicaques) y Pech. El mismo sacerdote se encargó de dejar constancia de los hechos a través de varios documentos:

Ya en 1858, informaba sobre 2177 bautizados. Al año siguiente la suma ascendería ya a 5022 bautizos, fundamentalmente indígenas, y ya en junio de 1864, en una “relación” enviada a Monseñor Zepeda le informaba de haber bautizado a 2000 misquitos, 150 Tuacas (Tawhakas que habitaban fundamentalmente en Olancho y habían sido los que en el Siglo XVII habían matado al P Verdelette), 700 Payas, más de 5500 Hicaques y 2000 caribes negros (Garífunas).

El lingüista Atanasio Herranz, sostiene que “en sus ocho años de labor evangélica, el padre Subirana, creó, organizó y ejecutó una política neocolonial con las tribus selváticas”, lo que supuso en efecto genuinas prácticas de reducción.

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