EL LEVANTAMIENTO DE LOS PUEBLOS DEL SUR, EN CONTRA DEL GOBIERNO DE MEDINA, (1871)

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/ 6 de agosto de 2022
/ 12:51 am
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EL LEVANTAMIENTO DE LOS PUEBLOS DEL SUR, EN CONTRA DEL GOBIERNO DE MEDINA, (1871)
José María Medina.

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Juan Ramón Martínez

En el año 1871, fruto del descontento popular, las diferencias político partidarias, la competencia e intrigas de los caudillos políticos del país, y de la arbitrariedad de muchas autoridades armadas en contra de varias poblaciones del sur, personas y grupos indignados, se levantaron en contra del gobierno del capitán general y presidente de la República, José María Medina. El capitán general José María Medina, gobernaba el país con mano dura, desde la inestabilidad que siguió la muerte a manos de un miembro de la Guardia de Honor, del presidente José Santos Guardiola ocurrida en enero de 1862. La revuelta de los pueblos del sur, se había iniciado en abril de 1871.

Los líderes del movimiento

El movimiento sedicioso que, en el citado año de 1871, en su fase más álgida y hasta el final, fue encabezado por los señores “José María Barahona y Eusebio García, primero y segundo jefe de las fuerzas de la insurrección”. La revuelta había empezado como queda dicho en el mes de abril de 1871 y su teatro de operaciones cubrió los departamentos de La Paz, Choluteca, Valle y Tegucigalpa. Un importante foco de resistencia a la autoridad del gobierno se había iniciado en Curarén, San José, la Aldea, algunos valles de Nacaome y Choluteca. Las fuerzas que el gobierno usó para enfrentarlos, no fueron suficientes para derrotarlos o capturarlos. Los Jefes expedicionarios gubernamentales, efectuaron ingentes esfuerzos, sin poder batirlos. Sus métodos violentos y no pocas arbitrariedades, en vez de reducir el apoyo al movimiento, más bien parecía agudizarlo. Los movimientos de los insurgentes, debido al conocimiento de la zona y los sistemas de información que manejaban, además de los contactos que tenían en la zona, hizo difícil que el gobierno aplacara la revuelta. Además, el gobierno, enfrentaba otras dificultades mayores. Grupos políticos y armados, se movían para poner en precario su estabilidad, buscando derrotarlo militarmente. Por ello, el gobierno de Medina creyó oportuno el nombramiento de una persona para actuar como mediador.

Medina habló con el obispo Fray Juan de Jesús Zepeda, para que, entre el clero, recomendara a un sacerdote para que cumpliera las tareas como mediador entre el gobierno y los sublevados. En reconocimiento de sus méritos, Fray Juan de Jesús Zepeda, escogió al presbítero canónigo don Alejandro Flores. Para tal fin, en nota desde Comayagua, sede episcopal, el obispo Fray Juan de Jesús Zepeda la escribe a Flores la carta de 29 de noviembre de 1871 que dice lo siguiente: “Debiendo nombrarse Ministro que sirva al Curato de Sabanagrande, y habiendo merecido Usted nuestra confianza para el desempeño de aquel Beneficio, hemos tenido por conveniente, que previo lo dispuesto por ley, pase usted a encargarse de dicha Parroquia, concediéndole al efecto las facultades necesarias, para que pueda administrar los santos sacramentos, incluido el del matrimonio y ejercer las funciones ordinarias de Párroco, con la precisa condición de que debe predicar y enseñar la doctrina cristiana, en todos los domingos y días festivos. Al hacerse cargo de la expresada parroquia, revisará el inventario de todos los bienes de la iglesia y el archivo, anotará las faltas que hubiere, formará nuevo inventario sino lo hubiera en la parroquia, firmando con testigos, y dará cuenta a este gobierno Eclesiástico del día que tome posesión. Dios gue. (sic) A V ms. As. Fray Juan de Jesús, obispo de Comayagua. Se concede el pase correspondiente en el anterior nombramiento de cura de Sabanagrande hecho en el señor presbítero don Alejandro Flores. Así acordó el gobierno. La Paz, diciembre 2 de 1871. Sello. (Ministerio de Relaciones Exteriores y Gobernación. República de Honduras) Justo Cáliz”. El nombrado “Presbítero y licenciado Flores, era una de las figuras más sobresalientes de la intelectualidad nacional de aquellos tiempos, y uno de los fundadores de la Universidad de Honduras”. (Víctor Cáceres Lara, Efemérides Nacionales, Tomo II, 1980, 404). Justo Cáliz, era el ministro de Relaciones Exteriores y Gobernación.

Para que no quedara duda, el obispo, monseñor Zepeda, el 30 de noviembre del mismo año, es decir un día después de la nota anterior, le dice que “Ayer le he mandado librar nombramiento de párroco de Sabanagrande. La idea ha sido mía, pues considero que U., no solamente puede contribuir sino hacer efectiva la pacificación de esos pueblos que tanto aprecian a U. El señor presidente ha acogido este pensamiento con muy buena voluntad, y me ha mandado excitar para que lo ponga por obra. No me conteste con excusas, haga cualquier sacrificio, pues así lo demanda el bien de la moral y del país. Por medio de esta lo faculto para que pueda pasar a todas las demás parroquias donde fuere conveniente su presencia, para pacificar a esas gentes por medio de la predicación, exhortaciones y demás medios conducentes al mismo fin”.

Condiciones para establecer un acuerdo de paz

Sabanagrande, Francisco Morazán.

Por su parte, el gobierno de Honduras, en carta de fecha 2 de diciembre de 1871, firmada por el ministro de Relaciones Exteriores y Gobernación, Justo Cáliz, dirige al presbítero Alejandro Flores, las expresiones siguientes: “El Gobierno, deseando evitar por cuantos medios aconseja la prudencia, los males consiguientes a la guerra hecha a los pueblos de la misma República y teniendo presente que U. reúne todas las condiciones que se puedan exigir de parte de un comisionado: moralidad, instrucción y un celo evangélico muy puro en favor de los fieles, ha dispuesto en esta fecha dar facultades a U. para que se presente a todos los facciosos y especialmente a los caudillos García y Barahona y los haga volver al orden y someterse a las leyes y a las autoridades constituidas, ofreciendo a los que depongan las armas, indulto general que les será concedido por el Gobierno. Para esto se arreglará U. a las instrucciones que por separado se le dan. A fin de evitar dificultades y complicaciones en los arreglos que U. haga a este respecto, en esta misma fecha se ordena las autoridades militares y jefes expedicionarios, que respeten las providencias que usted dicte para cumplir mejor su cometido, y suspendan las hostilidades cuando creyese conveniente a la realización de los arreglos, debiendo U. indicarlo a ellos con anticipación. El Gobierno espera que U. prestará sus importantes servicios en la comisión de la que le he hablado, y al participársela, me suscribo su muy atento y seguro servidor. Cáliz”.

Las instrucciones a que alude el ministro de Relaciones Exteriores y Gobernación Justo Cáliz en la nota anterior, fueron las siguientes: “1°. Se dirigirá a los puntos donde se encuentren los caudillos García, Barahona o cualquiera otro, y les ofrecerá de parte del Gobierno, cumplido y eficaz indulto, siempre que vuelvan a la obediencia de la autoridad y depongan las armas y demás elementos de guerra. 2°. En caso favorable, el mismo presbítero Flores, si el quisiere recibirá las armas, etc…, y con el auxilio de las autoridades inmediatas las remitirá a esta ciudad. Pero no queriendo ocuparse de esto, dispondrá que la entrega se haga al jefe expedicionario que se elija. 3°. Si se acogieran a la gracia del Gobierno, podrán volver con las garantías de los demás hondureños a establecerse en sus poblaciones, a poseer pacíficamente sus tierras y propiedades y a vivir tranquilos en sus hogares como antes de la rebelión; y 3°. Cuando esté todo arreglado en los términos antes dichos, dará cuenta inmediatamente para acordar, comunicar y publicar el indulto. Extendida en la ciudad de La Paz, a 2 de septiembre de 1871”.

Inmediatamente, el presbítero Alejandro Flores, se trasladó a la zona e hizo contacto con los dirigentes de la revuelta. Así lo confirma que, el 7 de diciembre enviara una carta dirigida al presidente José María Medina, en la que le da cuenta de las actividades realizadas. El capitán general y presidente de la República, José María Medina, le contesta al presbítero Flores, en carta del 10 de diciembre, diciéndole que “he visto con satisfacción el fruto de los primeros trabajos de la comisión que el Gobierno le ha confiado. Ya se impartirán las órdenes al general Araujo, para que los oficiales expedicionarios no interrumpan el progreso pacífico de su misión civilizadora. Igualmente, que al gobernador don Felipe Rosales, para que todos cooperen en el mismo sentido. Dejando en ese punto al licenciado Bustillo con el coronel Escobar, sería muy importante que U. se abocase personalmente con el señor Araujo, que debe estar en Nacaome”.

Inicio y fin de negociaciones

El 12 y el 13 de diciembre de 1871, el Presbítero Flores, se reunió en la iglesia de Sabanagrande, con José María Barahona y Eusebio García, jefes del movimiento rebelde para intercambiar puntos de vista. Inteligente como era el presbítero Flores, entendió que los caudillos rebeldes estaban cansados y afectados por las arbitrariedades en contra de sus amigos por parte de los jefes expedicionarios y otras autoridades; y que estaban listos para pactar la paz. En efecto, ese mismo día firman un importante acuerdo, contentivo del interés suyo en deponer las armas. El texto que firmaron ese día, textualmente dice”. José María Barahona y Eusebio García, primero y segundo jefe de las Fuerzas de Insurrección, teniendo en consideración: que es conveniente, útil y necesario a todos los habitantes de la República terminar la guerra civil que ha perturbado la paz y el orden públicos, sin más sacrificios ni efusión de sangre: que de prolongar aquella guerra se ocasionaran mayores desastres y ruinas a todo el país y se ofendería a la humanidad con el aumento de más víctimas; que el programa de la revolución que han promovido se ha realizado, cual era que la autoridad se ejerciese por hombres amantes del orden y la ley, y no por los que con su conducta violenta en el poder, han promovido la misma revolución; que actualmente el Gobierno movido pro sentimientos altamente humanos, ha instruido suficientemente al señor presbítero Licdo. Don Alejandro Flores, para que pusiese su inteligencia con nosotros, ofreciese amnistía amplia, seguridad personal y todo género de garantías, así para las fuerzas de nuestro mando como para todos los pueblos complicados en la rebelión, facultándoles para que volviesen a habitar sus hogares y entrasen de nuevo en posesión pacifica de sus tierras y demás bienes, con la única condición de deponer las armas y de vivir en paz; que esta conducta, siendo la que más conviene y ha convencido a los pueblos, merece nuestra especial consideración y promete los muchos beneficios de que se han visto privados, han convenido espontáneamente en acordar y declarar:

1. Dar por terminada y por ahora y para siempre la rebelión presente, y se apartan y desisten del mando en jefe de las fuerzas que comandan; en consecuencia, procederán desde luego a la deposición de las armas y al licenciamiento de las fuerzas que tienen bajo sus órdenes.

2. Ellos y sus fuerzas se acogen a las garantías que ha acordado el Supremo Gobierno, prometiendo de su parte vivir en paz y conforme a derecho; y protestan su leal y cumplido reconocimiento y sujeción a las autoridades constituidas y a la ley;

3. Las armas nacionales se entregarán al general Escobar, jefe expedicionario en el sur del departamento de Tegucigalpa, y comisionado al efecto por el Lcdo. Flores: para lograr este importante objeto se comprometen a prestar su cooperación y emplear su influencia y autoridad en la tropa.

4. Las fuerzas que de su parte expedicionan en el departamento de Choluteca serán concentradas en este pueblo, donde también se cumplirá lo acordado en los artículos 1, 2, 3; si estas o sus jefes se negasen a cumplir sus órdenes y a (no) someterse a la obediencia de la autoridad, el Gobierno empleara con ellos la fuerza armada.

5. Dan un voto de gracias a la comisión pacificadora, compuesta por el señor presbítero Flores, del Lic. Don Pedro J. Bustillo y del general Escobar, por sus esfuerzos civilizadores y al empeño que han demostrado en poner término a los horrores de la guerra civil. Lo propio hacen con el Supremo Gobierno”.
“Y el presbítero Lic. Don Alejandro Flores, atendiendo a la deferencia con que los señores Barahona y García se han conducido para traer a una feliz solución el levantamiento de que se hace merito en la presente acta, se compromete a recomendar al Supremo Gobierno la conducta de los jefes mencionados y su tropa, lo mismo que la pronta emisión de la amnistía. En fe de lo cual firman toda esta acta en Sabanagrande, a los trece días del mes de diciembre de mil ochocientos setenta y uno. José María Barahona. Eusebio García. Ptro. Lic. Alejandro Flores”.

Proclama de Barahona y García al pueblo hondureño

Un día después, el 14 de diciembre de 1871, José María Barahona y Eusebio García se dirigieron “A los hondureños”, en los términos siguientes: “Compatriotas: Cuando la Revolución de abril sucumbió a la fuerza de los acontecimientos, que siempre han dominado la voluntad de los hombres, nos prometimos que se afianzase el imperio de la ley, y que la seguridad personal, la libertad y todas las garantías que la civilización ha conquistado sobre la barbarie y la tiranía, serian un hecho práctico en el gobierno de los pueblos. De este modo nos hemos convencido que el país hubiera entrado de nuevo, con calma, en vía de grandeza y prosperidad, para levantarnos de la postración que nos legó la última guerra exterior, cuya legitimidad no nos cumple examinar.

Pero notamos con dolor que los representantes de la autoridad, lejos de observar una política moderada, de atracción, tolerante y civilizadora, quizá por haber escuchado el acento corrosivo de las pasiones, establecieron una funesta reacción, persiguieron a los hombres, ofendieron a los pueblos y erigieron en principio la violación de los fueros constitucionales, estableciendo la anarquía en la sociedad, que demanda unión, respeto solidaridad y acierto en la complicada gestión de sus negocios. Entonces Curarén lanzó el primer grito de insurrección, alzó armas para emanciparse de un régimen que abrió el abismo, y que en nada correspondía a los altos y vitales intereses del país. Este movimiento demandó un serio estudio de parte de los hombres que a la sazón se hallaban en el Poder, para acallar una indignación tan justa y contener el torrente de los hechos; pero lejos de conjurar el conflicto con los recursos del pensamiento, la obstinación de aquellos hombres hizo que el incendio, la horca, las fusilaciones (sic) y la destrucción de la propiedad, llevados sin forma alguna y en plena luz, hasta la injusticia y la temeridad, se pusiesen a la orden del día. Los grandes victimarios, los hombres de estas escenas horrorosas capaces de lastimar el corazón menos sensible, son para su propia infamia harto conocidos de todos: algunos de ellos, extraños a los vínculos de la raza, de la religión y hasta a todo sentimiento humano, y entre ellos mismos algún ministro de esa misma religión, iniciaron el camino de la inequidad, señalando su funesto paso en Curarén, San José, La Aldea, y algunos valles de Nacaome y Choluteca, reducidos a escombros, tan solo porque espíritus mal inspirados disociadores, se obstinan en dar solución, a sangre y fuego, a todas las cuestiones sociales. Los desastres son tremendos, los sacrificios dolorosos, lamentablemente profundo el desconcierto del país: males todos que pudieron evitarse, si el buen juicio, la lealtad, la moderación y la prudencia hubieran presido a las soluciones de la política.

Nosotros hemos batallado en completo abandono, sin cooperación, sin auxilio, pero contando con el poder que los pueblos han sacado del exterminio; y sentimos con dolor, aunque de ello se nos juzgue incapaces, los horrores que han ocasionado seis meses de guerra civil; empero, la verdadera responsabilidad de los acontecimientos, debe declinarse por todo espíritu recto, en los hombres que por la violencia provocaron el conflicto. Aunque negras imputaciones han caído sobre nosotros, por hechos inevitables en toda contienda civil, todo el país debe comprender que no nos alienta la ferocidad, que hemos sido impelidos por una idea, teniendo muy poca consideración a los hombres individualmente. Esto es tan cierto, como hoy que el general Medina, colocándose en mejor juicio, a la altura de una situación tan violenta, ha tratado de terminar la guerra por medios pacíficos y situado en el poder en hombres amantes de la libertad sin licencia, del orden y el progreso, no hemos vacilado en entendernos con su comisionado, presbítero Lcdo. Don Alejandro Flores, para abrir paso al renacimiento de la paz y el Imperio de la Ley. Así es como hemos concluido la guerra, cuyos motivos hemos expresado. Nosotros nos retiramos a llevar una vida tranquila, con la satisfacción de haber concurrido de nuestra parte, con la mejor voluntad, a terminar acontecimientos que ya nos precipitaban al abismo. Esperamos que un día, quizá cuando el Supremo Gobierno tome empeño en hacerlo, se conocerá mejor el origen y el curso de los sucesos: entonces se convendrán todos en que esos grandes victimarios que ya hemos hablado, y sus subordinados, se han hecho acreedores a la maldición de los pueblos, porque las revelaciones del tiempo son siempre funestas a los hombres que atropellan la justicia y la verdad. Entre tanto conciudadanos, vivid seguros que la paz no se perturbará por nuestra causa; y tanto vosotros como el Supremo Gobierno, creed que siempre seremos defensores de la libertad y la ley. José María Barahona. Eusebio García. Sabanagrande, diciembre 14 de 1871

El 15 de diciembre de 1871, desde Ojojona, los coroneles de la Segunda Columna Expedicionaria Hipólito Safra y Apolonio Enríquez, le escriben al presbítero Flores en los términos siguientes: “Hemos visto su apreciable nota de ayer y por ella el resultado de un feliz desenlace en su honrosa comisión; ojala el cielo sepa premiar tan distinguido servicio al Supremo Gobierno como a la República; nuestras palabras no podrían encomiar el distintivo de un elogio digno de recompensarse; pero allí donde reside el corazón puede darle alojamiento a nuestro sincero agradecimiento y particular demostración de sublime amistad. Se ha celebrado en esta con el mayor entusiasmo el triunfo del orden, la paz y la tranquilidad del Estado. Y mientras gritamos un “viva la Patria”, “viva el señor comisionado pacificador”, puede contar con nuestra reciprocidad, deferencia y respeto. D.G. al señor presbítero muchos años”.

Decreto de amnistía

El 18 de diciembre de 1871, el presbítero Flores recibió de parte del Ministerio de Relaciones Exteriores y Gobernación, copia de la comunicación enviada por el Gobernador Político de Tegucigalpa de parte del Ministro de la Guerra, en la cual se contiene el decreto que a la letra dice: “José María Medina, Capitán General y Presidente de la República de Honduras, teniendo a la vista el acta de sujeción de los caudillos José María Barahona y Eusebio García, que habían levantado armas contra el gobierno en los departamentos de La Paz, Tegucigalpa y Choluteca, CONSIDERANDO: que dicha acta se encuentra formulada con arreglo a las instrucciones conferidas al señor presbítero don Alejandro Flores, comisionado del mismo Gobierno para procurar la pacificación de los pueblos rebelados. Usando la facultad que le concede al Ejecutivo la fracción 9° del artículo 35 de la Constitución, he venido en decretar y decreto: Artículo 1°. Quedan amnistiados los expresados caudillos José María Barahona y Eusebio García y todos los demás individuos que, habiendo tomado parte en la insurrección, han depuesto las armas y sometidos a la obediencia de la autoridad. Art. 2°. Gozaran de esta misma gracia los que dentro de quince días de publicado el presente decreto, manifestaran su sumisión de la manera que se expresa en el artículo anterior. Art. 3°.

Los amnistiados entrarán en el goce completo de sus derechos, tanto respecto de sus personas como de sus bienes. En consecuencia, quedan en libertad de volver a radicar en las demarcaciones a que han pertenecido o donde lo tuviesen por conveniente. Art. 4°. Las autoridades civiles y militares son encargadas del cumplimiento de este decreto, bajo su más estricta responsabilidad. Dado en la ciudad de La Paz, a los diez y seis días del mes de diciembre de mil ochocientos setenta y uno. José María Medina. El ministro de la Guerra, Rafael Padilla”. Así concluyó la revuelta de los pueblos del sur, en contra del gobierno de José María Medina. Pero la estabilidad del gobierno de Medina, estaba comprometida. A principios de Julio, tropas coaligadas de El Salvador y Guatemala, que actuaban en apoyo de Ponciano Leiva, ingresaron a Honduras y unidas con fuerzas hondureñas rebeldes se enfrentaron en varios combates con las tropas de Medina. El final ocurrió el 26 de julio de 1872, en el llano de El Conejo, en las orillas de la ciudad de Santa Bárbara y en el que Medina fue derrotado. Huyó a Omoa, en donde fue capturado por el coronel Longino Sánchez y enviado prisionero a Comayagua. Durante el gobierno de Ponciano Leiva, fue mantenido en cautiverio.

Fuente: Revista del Archivo y Biblioteca Nacional, director Esteban Guardiola (1905). Los documentos que se han transcrito, fueron proporcionados al Archivo y Biblioteca Nacionales por Leandro Valladares los que dejó en su poder el presbítero Alejandro Flores.

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