Vida más sustentable

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/ 30 de julio de 2020
/ 12:21 am
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Por: Carolina Alduvín

En muchas partes del mundo, el confinamiento ha terminado, aun existiendo la amenaza de los rebrotes, gobiernos municipales, estatales o nacionales, han decidido tomar el riesgo y apostar a la reapertura, haya o no vacuna contra el COVID-19. En pocos casos se ha reconsiderado y vuelto a cerrar y, aunque algunas revistas científicas ya han publicado estudios en los que demuestran en base a modelos matemáticos y datos reales, que los diversos grados de encierro en diferentes ciudades del mundo, no ayudaron significativamente a contener los contagios, ni a limitar los casos positivos, independientemente del nivel educativo o cultural de sus habitantes.

Hubo algún optimismo cuando animales silvestres caminaron sobre parques y calles, o navegaron en canales de los que habían desaparecido durante décadas, ante la ausencia de humanos deambulando por los mismos. Se pensó que vivíamos un momento propicio para que el planeta se descontaminara y los procesos de deterioro ambiental se revirtieran, en virtud tan solo del cese de nuevas intervenciones antrópicas. Ahora, con la tendencia a una “nueva normalidad”, los movimientos ciudadanos parecen haber perdido el momentum, pero continúan haciendo sus mejores esfuerzos para la defensa de los recursos naturales, fomentar mejores prácticas agropecuarias y garantizar servicios de salud más eficientes.

Es tiempo de volver los ojos hacia las comunidades locales y actuar ahí, más que preocuparnos por lo que ocurre en cualquiera otra parte. Sabemos cuán difícil es nadar contra la corriente y propiciar los cambios reales que necesitamos ver en todas partes, el encierro también ha propiciado que, las malas prácticas de toda la vida, en cuanto a diezmar bosques mediante tala ilegal, traficar con especies de vida silvestre amenazadas o en franco peligro de extinción, invadir áreas protegidas bajo diferentes pretextos para urbanizarlas, aunque sean vitales fuentes de agua para comunidades aledañas, ahora se hagan a la luz del día, mientras la policía se entretiene supervisando el supuesto toque de queda.

Los llamados “poderes fácticos” necesitan conservar el estado de cosas tal como está, porque les beneficia y les genera ingresos. Quieren seguir con actividades contaminantes y procesando alimentos y bienes que destrozan la salud. Y lo peor, quieren mantener esas prácticas lejos de ellos, dado que saben cuán malo es. Es por eso que la mayoría de contaminantes, depósitos de desechos tóxicos y procesadoras de alimentos no se localizan cerca de vecindarios emergentes protegidos, sino en áreas que se pasan por alto debido a la desigualdad financiera. Algunos grupos reciben más impactos que otros en función de la degradación ambiental y el colapso de ecosistemas, lo que constituye inequidad ambiental. ¿Qué podemos hacer para atenuarla?

EDUCAR. No tanto en la escuela, podemos comenzar conversando sobre el tema, con quien quiera que podamos. Es especialmente importante hacerlo cuando los temas de sustentabilidad y ambientalismo surgen. No solo mencionar cómo el deterioro en el suministro de alimentos y recursos naturales afectará la salud de las presentes y venideras generaciones, sino indicar cómo eso impactará en los pobres, los sin hogar, los que están en desventaja.

INVOLUCRARSE. Este es el mejor momento para hacerlo, cuando se avanza hacia una “nueva normalidad”. No necesitamos lo que antes era “normal”. Esa normalidad nunca funcionó y tampoco va funcionar cuando volvamos a salir. Está en nuestras manos crear un mejor futuro del que tuvimos hasta el comienzo de 2020. Debemos ponernos de pie, protestar y tomar acciones en contra de todo lo que amenace a nuestras comunidades e individuos más vulnerables, no solo a los sectores privilegiados. La escasez o carencia de alimentos e ingreso, contaminación, deforestación e inactividad económica, son enormes amenazas.

APOYAR. Debemos apoyar a aquellos con verdadero poder y estrategia para mitigar los daños que las corporaciones hacen al planeta y, especialmente a nuestras comunidades vulnerables. Apoyar a activistas, compañías o candidatos mejor posicionados para entender y propiciar el giro hacia las soluciones.

CUIDARSE. Sin olvidar que el peso del mundo no está sobre los hombros de una sola persona, la responsabilidad del movimiento ambiental es colectiva, para cuidar de los demás y contribuir a las soluciones del futuro, hay que comenzar por el propio bienestar

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