Confesiones personales

Confesiones personales
MA
/ 29 de diciembre de 2020
/ 12:06 am
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Juan Ramón Martínez

Dos décadas, que están por finalizar, son una oportunidad para rendir cuentas. No para reclamarle a los otros, buscar aplausos o encadenar discípulos, sino que, para probar el nivel de la conciencia personal y colectiva, imaginar soluciones y anticipar gozos, para las nuevas generaciones. Sin perder de vista que, el tiempo es una convención, que no podemos controlar –apenas medir– y aprovechar para hacer algo, por nosotros, por los demás y por el género humano, del cual algunos, no tienen conciencia de pertenecer. Por ello, cuando me interrogo, sobre lo que he hecho, lo que soñamos con nuestra generación y los resultados alcanzados, no lo hago para llorar sobre la leche derramada, sino que para buscar lecciones de lo bueno y de lo malo; para enseñarle a quienes nos sucederán después de nuestra muerte, cómo evitar cometer los mismos errores y más bien, que construyan sobre lo logrado, el edificio de sus sueños y el motivo de sus acciones.

Desde muy joven, apenas cumplidos los 15 años, tuve mi utopía personal. Salir de la pobreza. Huir de los campos bananeros y formarme, para escribir y orientar a la opinión pública. Lo he logrado parcialmente. En términos personales, no tengo espacio en mi conciencia, para la amargura. He estudiado y aprendido; he amado y he sido amado en proporción inversa a mis aportes personales, por lo que creo como el poeta que, nada me “debe la vida”. Además, debo aceptar que, pese a que nuestra generación soñó como lo hacen ahora las sucedáneas, no logramos el poder y no efectuamos los cambios, necesarios, para elevar la categoría del país, sacar a su población de la pobreza y crear un sistema democrático a prueba de tiranos. Nos equivocamos al valorar los instrumentos. Creímos que la clave estaba en la ideología y en el método, pasando por alto la cultura de los hondureños, sus fortalezas y debilidades psicológicas y su adhesión a los caudillos. Menospreciamos la fuerza de los partidos tradicionales, responsables del atraso del país y de hacerle daño, en que se han especializado. Los hondureños, exhiben más facilidad para cambiar de religión, que de partido político; o de equipo de fútbol. Creímos –después de una equivocada lectura de la revolución china– que los campesinos eran potencialmente revolucionarios y que, con ellos, haríamos los cambios. Cuando fuimos a elecciones, no votaron por nosotros, sino que, por sus “enemigos”, porque su conciencia mágica, no concibe la vida sin la sombra larga de los caudillos, con gorra o con sombrero, con botas vaqueras, o zapatillas unisex. Urbanos o rurales. No comprendimos “La Patria del Criollo”.

No niego que han ocurrido cambios. Los hondureños viven más que antes. Están mejor alimentados, por lo menos los que han huido de los territorios del hambre. Proporcionalmente menos niños, mueren ahora que hace cincuenta años. Hay mejores servicios médicos. Desafortunadamente, el sistema educativo se cayó y la calidad del hondureño, en vez de mejorar, ha disminuido. En forma absoluta o comparativamente. Seguimos siendo lentos, haraganes, taimados e incluso, desdeñosos con los demás. Pensamos que los otros, tienen obligaciones de querernos y servirnos, desde un yo infantil que, se niega a asumir sus maduras obligaciones. Ahora, somos más dependientes que, en tiempos de Carías y más “enamorados” de los caudillos, aunque no tengan la calidad y la fortaleza del “hombrón” de Zambrano. Las tres generaciones que nos suceden, una ha quedado sin oportunidades y la que gobierna, no ha creído que hay que darle espacio a la tercera. No tanto por impreparada, cosa cierta, sino que, por miedo a la soledad, al olvido. Y por falta de compromiso democrático y humildad republicana. Los problemas que enfrentamos y que impiden el desarrollo integral y propician la mendicidad, no son obra de Dios, del diablo, de los huracanes y o de las lluvias. Son fruto de la baja calidad del hondureño que, no ha encontrado en el aula soleada, el apóstol que lo oriente hacia el pensamiento crítico, al desarrollo de un yo que busque al nosotros, consciente del tiempo manejable, de las limitadas oportunidades, de las inmensas responsabilidades y de las fuerzas inéditas que, unidos, sin caudillos, solo con líderes democráticos, podamos ser ciudadanos de una patria, de la que no hagan mofa todos los que, nos ven desde largo, con las manos extendidas. Pidiendo limosnas.

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