Juan Lindo, estadista

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/ 16 de julio de 2021
/ 12:03 am
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Juan Lindo, estadista

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Contracorriente
Por: Juan Ramón Martínez

Juan Lindo, es el primer estadista hondureño con visión de largo plazo y con habilidad para reaccionar frente a los cambios mundiales. Nació en Tegucigalpa el 16 de marzo de 1790. Murió en Gracias en 1857. Era miembro de las más importantes familias del país, lo que le permitió efectuar estudios en Guatemala, en donde fortaleció su natural inteligencia. Como es normal, participó activamente en la vida política nacional, donde llegó a gobernar la nación en dos períodos, ejerciendo, además, la titularidad de la presidencia de El Salvador. Fue, posiblemente, después de Valle, el hondureño de más cultura. No es accidental que en 1847, fundara la Universidad Central de Honduras.

Pero lo más destacado, en su faceta de gobernante, es su facilidad para entender que el tiempo que le tocaba gobernar, estaba cambiando. Posiblemente, hecho que más lo impresionó, fue la invasión de los Estados Unidos a Veracruz, México, ante la cual reaccionó. Su inteligente actitud frente al cónsul inglés Federico Chatfield, que representaba los intereses de Gran Bretaña, la potencia mundial dominante y sus pretensiones por ocupar La Mosquitia, apoyando la ridícula figura de un llamado Rey Mosco, es genial. Para Lindo, Gran Bretaña, pese a sus bravatas y sus pretensiones de ocupar puertos hondureños, de Costa Rica y Nicaragua, tuvo la capacidad de anticipar que, se enfrentaba diplomáticamente a una potencia declinante. Por ello, Lindo, al tiempo que defiende enérgicamente los intereses de Honduras, no los desvincula de los de los demás países de Centroamérica; ni pasa por alto que, frente a la potencia declinante, antagónica y contrapuesta a los intereses de Honduras, empieza a crecer la potencia retadora de los Estados Unidos. Las instrucciones diplomáticas que dejara escritas –la mayoría coleccionadas ordenadamente por Ismael Zepeda– dirigidas a los diplomáticos, españoles y centroamericanos que representaban los intereses de Honduras, es que la nueva sede del mundo que vendría, estaba en Washington. Además, tuvo la perspicacia de entender que, España, mientras no se reconocieran las herencias de los españoles muertos en Centroamérica, jamás pensaría siquiera en reconocer la independencia centroamericana. Por ello, posiblemente el acto más atrevido, en términos diplomáticos, fue la entrega temporal de la Isla de El Tigre a Estados Unidos, para de ese modo, frenar las pretensiones de Chatfield, que quería ocuparla, exigiéndola, por falta de pago de Honduras de la parte alícuota de la deuda centroamericana.

En Lindo se aprecia el primer gobernante hondureño que, sin negar su vocación centroamericanista, se compromete en una política exterior en que se sientan las bases de lo que serán los objetivos de Honduras. Pero, además, hay otra cosa muy importante. Para Juan Lindo, la política exterior no es un asunto personal, sino que cuestión de Estado. Con suficientes conocimientos de la política exterior, los intereses de las grandes potencias y los peligros que enfrentaba la existencia de Centroamérica, la usa por el ejercicio de la negociación, para proteger lo que posteriormente será la inicial configuración espacial del Estado de Honduras. Porque Lindo es el político hondureño más hábil para negociar. El Tratado de Olosingo, negociado cuando era gobernador del departamento de Gracias, con el agredido gobierno de El Salvador y ante la distancia de un gobernante inexperto y sin habilidades, como don Francisco Zelaya Ayes, que se había recluido en Olancho durante la crisis que llevó a la guerra a los dos países, es una prueba de habilidad diplomática que, nunca después hemos visto en la historia nacional. No solo por su capacidad para ceder, su simpatía por los sentimientos ofendidos de los salvadoreños, sino por su conciencia de hasta dónde ceder, sin poner en peligro la existencia de Honduras.

Es muy posible que, en ningún otro momento, hemos tenido en el Ejecutivo, a un diplomático con más habilidad que Lindo. Su integridad personal, honradez; y compromisos con los intereses nacionales y su percepción de los cambios que se producen a mediados del siglo XIX, no tiene parangón en la historia nacional. La política exterior hondureña probablemente, alcanza con él su mejor momento. De allí que, su conocimiento, por los diplomáticos nacionales, especialmente cuando estamos en una situación parecida a la que vivió Juan Lindo, debe ser motivo de reflexión para las nuevas generaciones de diplomáticos, debido a que Honduras no puede seguir el vaivén de las olas. Sin agarrar los remos de sus destinos.

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