REBROTE

MA
/ 23 de septiembre de 2020
/ 12:25 am
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REBROTE

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EN todos lados, en la medida que, por etapas, va reabriéndose la moribunda economía, los rebrotes de la peste son la preocupación palpitante. Esta vez, en el cónclave de Naciones Unidas, ya que el pánico de contagio es presencial, las participaciones han sido virtuales. Intervenciones pregrabadas para transmitir en las pantallas, proyectadas a los salones vacíos. Cosa irónica. Mientras el mundo vacila en incertidumbre del desplome económico y los rebrotes del coronavirus, hay otro rebrote gravitando en el ambiente. El de la guerra fría. Si de algo sirvieron los discursos de las grandes potencias en la Asamblea General de la ONU fue para evidenciar esa gélida realidad. Nadie prestó atención al lamento del Secretario General. La admisión evidente que se avanza en una dirección muy peligrosa por la rivalidad entre Estados Unidos y China. “Una gran fractura –reconoció el portugués– entre las dos mayores economías que se reparten el planeta; cada una con sus propias reglas comerciales y financieras y capacidades de internet y de inteligencia artificial”.

Con otro quejido, renegó de “los nacionalismos y populismos a la hora de lidiar con la pandemia”. Sin embargo eludió la autocrítica. El reconocimiento reflexivo del fracaso. Cómo el sistema multilateral ha fallado en dar una respuesta urgente, efectiva, suficiente y creativa a la crisis. Los entes sanitarios a nivel mundial y regional. Las instituciones financieras internacionales. Incluyendo la organización mundial que dirige, cuando pocas son las acciones tangibles que puedan acreditársele, y demasiados los titubeos. Ya aburren con expresiones de preocupación, a falta de medidas concretas, como si sus preocupaciones fueran bálsamo al dolor o remedio a la enfermedad. POTUS dedicó un buen trozo de su alegato a responsabilizar a China por la expansión de la pandemia y los estragos provocados por el “virus chino”. Xi Jinping, rechazó las “estigmatizaciones”. Ensayó un estilo distinto en su alocución planteando que “el mundo necesita solidaridad, confianza y cooperación, no confrontación”. Otra ironía. El chino diciendo lo que durante años anticipaban dirían los norteamericanos, mientras la tónica del estadounidense más inclinada o lo que se esperaría dijeran los chinos. Sin embargo, hasta ahora las intervenciones de los jefes de Estado –salvo breves pasajes–han soslayado referencia al giro fundamental que el mundo experimenta. Algo que debió ser tema central de los debates siendo ese de las Naciones Unidas el único foro planetario que existe.

¿Si allí se ignoran, pasan disimuladas o no se ventilan estas verdades, entonces, dónde? ¿Dónde van a abordar la naturaleza de estas tempestuosas crecidas que están cambiando la vida? ¿Dónde se discute el flujo de la corriente que está modificando la interrelación tradicional entre naciones? ¿Qué de los bloques, de la integración de los mercados, de la globalización como fenómeno de transformación de las sociedades, con estos reveses? ¿Cuál el futuro que depara a estos pintorescos paisajes acabados con estos retrocesos que percibimos a lejana distancia, donde otros son los protagonistas, y sobre los que nada que digamos pueda tener importancia? La creciente tendencia al aislacionismo, agudizada por el obligado confinamiento durante la prolongada emergencia. Cuando más imprescindible ejercitar las bondades de la cooperación, la correspondencia y la solidaridad, mayor ha sido la tentación al encierro, al aislamiento y al sálvese quien pueda. La escasa colaboración, acentuada por el decepcionante manejo del multilateralismo de la tragedia. Dicho lo anterior, esta no es, ni por asomo, la cumbre del milenio en Naciones Unidas, a la que nos tocó asistir. Como advenimiento del nuevo siglo. Con expectante espíritu de aliento sobre el futuro de nuestras naciones menos favorecidas. Como de esperanza en los destinos más prometedores reservados para la humanidad.

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