EL TERMÓMETRO

EL TERMÓMETRO
ZV
/ 26 de octubre de 2020
/ 12:29 am
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YA no hay más debates. Apenas quedan pocos días para la práctica de comicios. Recordarán el primero. Entretenido, a gusto de los que disfrutan funciones más agitadas. Digamos, como los espectáculos que los emperadores ofrecían a sus súbditos en el imponente Coliseo romano. POTUS, cargado de adrenalina, llegó armado de una estrategia de ataques e interminables interrupciones. Dejó poco espacio a que el auditorio escuchase frase completa o congruente de su contrincante. Un debate que asustó a la opinión pública. Fuera de los patrones convencionales. Igual impresión causó en presentadores y comentaristas de las grandes cadenas informativas. Dijeron que el electorado merecía algo mejor. Conocer propuestas. Dizque eso esperaban los indecisos para tomar partido. Allá también hay gente vacilante que –pese a todo el tiempo que hubo para escudriñar, conocer, analizar y decidir– a estas alturas no saben para donde agarrar.

Todavía hay quien no tiene idea –a dos semanas de la elección– que pito tocar. Sumado al puñado de boca abiertas que andan con la jeta abierta creyendo que son inmunes a la peste. Y los más idos que sospechan que el virus se trata de alguna forma de castigo divino. Retomando el tema. Todavía no atinamos a identificar qué, del primer debate, azoró tanto a la afición. Raro, ya que para nadie es desconocido el estilo de POTUS. Lejos de asombrar, más bien lo asombroso hubiese sido un proceder distinto, digamos, uno más mesurado. Así como actuó esta última vez, aconsejado por sus asesores políticos. Por lo visto, ahora les hizo caso. Debieron haber sido tres debates presidenciales. Sin embargo, después que Trump se contagió del virus, ¿cómo adivinar que estando hospitalizado –allí le administraron un cóctel innovador de fármacos experimentales para recuperarlo– a los tres días saldría caminando, del Walter Reed, casi curado? Campante se subió al carro negro presidencial, seguido de la caravana de limosinas, rumbo al Salón Oval. Al llegar se quitó la mascarilla y posó para la foto de ocasión. Los organizadores –aparte de cambiar la modalidad del debate, por la crítica de lo terrible que fue el primero– sugirieron que, previniendo un contagio, el segundo sería virtual. Inaceptable para POTUS. Eso de hablar por pantallas digitales –como legislan los diputados hondureños– no es debate, opinó Trump. El evento fue cancelado. En el entremés hubo otro palique. Pero de menor importancia. El debate vicepresidencial.

Ese transcurrió en un ambiente más controlado. Las participaciones, más educadas –aunque Pence parecía nunca querer acabar tomándose más tiempo del reglamentario para responder– se escucharon mejor. Sin tantas interrupciones. Solo que el auditorio poca retentiva tuvo sobre la esencia. Recordarán –hasta la posteridad– a la mosca entrometida que llegó sin mascarilla y sin invitación, a posarse, durante dos interminables minutos, sobre el inmaculado pelo blanco del vicepresidente. Como en todos lados la afición repara más en la guasa que en el contenido, la presencia de la mosca se hizo vírica en las redes sociales. Ya para concluir. ¿Qué podríamos decir sobre este último debate presidencial? No mucho, o que haya cambiado un ápice la opinión que ya tienen los electores norteamericanos de sus líderes políticos. Mostró algunas diferencias. De personalidades. Distintos, tanto de la forma como del fondo en el manejo de los problemas. Matices de lo que separa a liberales y conservadores. Con la novedad que esta pandemia vino a enrarecer el ambiente. Queda, entonces, la disyuntiva de qué tanto el resultado será influencia ideológica o el termómetro de cómo se sienten y cómo afecta la pandemia a los votantes.

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