Juguemos limpio a los jóvenes

Juguemos limpio a los jóvenes
MA
/ 27 de octubre de 2020
/ 12:53 am
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Armando Euceda

La conquista de la felicidad y el bienestar de las personas depende en gran medida de la educación que reciban en su niñez y su juventud. Aunque hay excepciones, la educación les proporciona las creencias, valores y activos profesionales que les permitirá vivir y disfrutar la vida en comunión.

Recién me consultaron si estábamos frente a una generación mutilada educativamente. Con frecuencia, con cierta nostalgia, me dicen que “la educación del pasado fue mejor”. Entre los abuelos se proclama con incomodidad que había más respeto y valores en la familia y la escuela del pasado. Otros suspiran ante la expresión: la culta Tegucigalpa. En lo que parecen coincidir todos es que la mutilación educativa de nuestros jóvenes es manifiesta. Y usted, ¿qué opina?

Educamos a los jóvenes para un mundo que ya no existe. El mundo de hoy está generando conocimiento exponencialmente. En 1900 el conocimiento se duplicaba cada siglo; al final de la Segunda Guerra Mundial (1945) se duplicaba cada 25 años; cuando Honduras fue por primera vez al mundial de fútbol (España 82), se duplicaba cada 12 ó 13 meses; hoy, la IBM predice que el conocimiento se duplica cada 11-12 horas (2020).

Es difícil comparar la educación de las décadas 60 u 80 con la que hoy debemos ofrecer en nuestros centros educativos. Sin embargo, hay elementos que nos perfilan hacia la mutilación educativa de la generación más joven porque las políticas públicas no se traducen en acciones que los ubiquen en el mundo de hoy. Lo cierto es que, después de transitar por la escuela básica y el colegio, los alumnos que llegan a la universidad siguen llevando esa carga histórica y, con algunas variantes, la perpetúan.

Esta afirmación es válida para la educación pública y privada, para la educación que se ofrece a pobres, a la clase media y a los económicamente solventes. La mutilación comenzó antes de la llegada de la pandemia actual y no es propiedad exclusiva de nuestra sociedad. América Latina parece atrapada en el caparazón de la libélula, mientras Asia ya muestra sistemas educativos con la belleza de los colores de la mariposa.

Con 6.9 años de estudio promedio para el jefe de un hogar hondureño, es difícil el escenario que se presenta para que esta generación irrumpa con propiedad en busca de un nicho de trabajo y felicidad en este siglo. Pero no podemos flaquear: en la cultura y la educación está el ADN para crear una sociedad con valores acordes con el escenario de vida del siglo 21.

¿Qué pasará con la actual generación? Para los jóvenes, un problema difícil es la falta de criterio que se les ha inculcado para distribuir el uso del tiempo para su tarea de autoformación y para el ocio. Hay más consumidores que hacedores de cosas en la esfera digital; en las redes sociales, muchos habitan en la burbuja del anonimato produciendo a veces, por aquí o por allá, improperios que denigran a otros, esperando el aplauso de otro anónimo incapaz de producir conocimiento útil.

Es bueno jugarle limpio a la generación de jóvenes. Es bueno que sepan que nadie les va a construir un país diferente, en el cual aspiren a la felicidad, la seguridad ciudadana, un empleo digno o su realización creativa. La solución no la van a encontrar jugando al insulto y la descalificación en las redes sociales, ni quedándose de brazos cruzados viendo televisión. O se incorporan y terminan conduciendo la construcción de su propio futuro o se dañan en grande y para siempre. Pueden lograr salir de su casa todos los días, pero si no se parten la rabadilla estudiando, trabajando y participando social y políticamente en la construcción de su propia red de creencias para vivir en el siglo 21, lo que les quedará en cuarentena, para siempre, será su libertad y por ende su alma.

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