MENESTEROSOS

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ZV
/ 19 de junio de 2022
/ 12:22 am
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LOS textos evangélicos aconsejan “no apartar el rostro” frente a los mendigos que solicitan auxilio. Pero la verdad es que generalmente se buscan mil pretextos para ignorarlos. El más frecuente es aquel de que algún individuo maligno ha enviado a niños y ancianos a que pidan dinero en las calles. El segundo pretexto, en el orden de usos, es que podemos ser asaltados en el acto. Ambos pretextos pueden tener un asidero en los hechos reales, pues se sabe que existen malvivientes que utilizan a los niños (de ambos sexos) y a los ancianos para agenciarse fondos. Ello es válido hasta cierto punto, en tanto que más de la mitad de los mendigos piden ayuda por extrema necesidad. No tienen ingresos y a veces ni siquiera un techo en donde guarecerse de las inclemencias del sol, del frío de la noche y de las tempestades.

La segunda excusa de los transeúntes es que esos menesterosos debieran trabajar en lo que sea. ¿En dónde le pueden ofrecer trabajo a un niño en situación de calle; o a un adulto mayor enfermo y sin ningún currículum; o a una mujer embarazada o que tal vez carga dos niños en sus brazos? Esta sola sugerencia es absurda y perversa. Todos sabemos que inclusive a los estudiantes egresados de secundaria o de las universidades, nadie les está ofreciendo un trabajo digno en estos días. Motivo por el cual determinan engrosar las filas de las famosas caravanas o conseguirse un coyote, bien pagado, con el cual también se corre un enorme riesgo en los caminos del norte. El único “trabajo” inmediato para los niños y adolescentes, es el que ofrecen las maras y pandillas con una completa distorsión de los valores que enseñaron los abuelos y los maestros chapados a la antigua, es decir, que ejercían la enseñanza con espíritu de apostolado.

Entre las mil excusas hipotéticas, antes se externaba aquella que el problema de los mendigos se resolverá “cuando triunfe la revolución”. Los que así pensaban lo hacían por mezquindad íntima. O tal vez porque desconocían las hambrunas pavorosas que se desencadenaron en el curso de las grandes revoluciones del siglo veinte. O tal vez, en el mejor de los casos, se referían a la vieja revolución industrial del siglo diecinueve y comienzos del siguiente. Lo cual es dudoso. Por otro lado, se ha demostrado con hechos que la famosa teoría del “derrame económico” marginal apenas ha funcionado exitosa, y transitoriamente, en algunos países, pero en la mayoría jamás.

La verdad es que a los mezquinos les duele en el alma sacarse del bolsillo un lempira (o más) para paliar el hambre inmediata de los menesterosos. Se sabe que con esa cantidad mínima de dinero no se resuelve ningún problema ni en el corto ni en el largo plazo. Pero ayuda a que una persona anónima sacie su hambre inmediata según la teoría del “salvamento” de los viejos teóricos del “Club de Roma”. Y además, como decían los sabios antiguos, “quien salva una vida salva a la humanidad entera”.

Para aterrizar en este tema: Todos los días escuchamos en las principales calles y avenidas de Tegucigalpa, San Pedro Sula y otras ciudades, la suave expresión: “Deme algo para comer”. Otros, más humildes, o más necesitados, hacen una señal con un dedo de la mano para solicitar un solo lempira. Ellos intuyen que al “rejuntar” varios lempiras pueden comer una sola vez al día o llevarles un puñado de frijoles y tortillas a sus hijitos o hermanitos. Sólo Dios lo sabe.

También existen los mendigos silenciosos. Se sientan en las puertas de las iglesias católicas o en cualquier calle. No dicen nada. No piden nada. Sólo esperan (cabizbajos) la misericordia divina y una pequeña muestra del amor al prójimo. Naturalmente que en el país que anhelamos los menesterosos y los desempleados desaparecerían, gradualmente, frente al manantial de la abundancia (individual y colectiva) que somos capaces de crear incluso en los desiertos, terracerías y pantanos, siempre y cuando los dirigentes, los acaudalados, los inversionistas y los ciudadanos humildes nos pongamos de acuerdo en liberar las verdaderas fuerzas productivas nacionales.

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