ANESTESIADOS

MA
/ 19 de abril de 2021
/ 12:25 am
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ANESTESIADOS

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A nadie sorprende que los políticos mientan. Sin embargo, lo curioso de este hallazgo que citamos, es que haya quienes –por supuesto que no aquí sino en otros países– se toman la molestia de estudiar la frecuencia con que lo hacen. “El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, miente o da datos inexactos 80 veces de media en cada una de sus conferencias matutinas”, según el informe ‘El valor de la verdad’ divulgado por Signos Vitales, El Pulso de México. La ONG se puso a monitorear las conferencias de prensa mañaneras del mandatario mexicano. Revela que “miente, o recurre a medias verdades, ofrece datos no verificables” para evadir referirse a los temas espinosos de interés nacional. Otra revelación es que “después de más de dos años de gobierno, AMLO está a punto de duplicar las 23,000 mentiras del expresidente de Estados Unidos Donald Trump durante todo su mandato (2017-2021) que contabilizó The Washington Post”.

Si la evasión sistemática de la verdad pasa desapercibida en una sociedad mucho más culta y leída, como la mexicana, ¿qué no podría esperarse de auditorios más profanos en estos pintorescos paisajes acabados? ¿Qué explica la apatía de la opinión pública? De no querer diferenciar lo cierto de lo falso. Y hasta cierto punto indiferencia de exigir a los políticos o, mejor aún, al liderazgo nacional, mayor integridad en lo que comunican. ¿Por qué se ha desvalorizado la verdad? Bien puede ser la influencia del basural propagado por chats y redes sociales que ha conseguido anestesiar al auditorio. Ya no distingue, y poco le interesa distinguir, entre lo inventado y lo auténtico. Entre el disparate y lo sensato. Entre lo aparente y la realidad. Aunque también la otra parte del problema es lo superficial de la discusión debido al escaso bagaje cultural de los interlocutores. Nulo debate de los problemas. El énfasis se pone en complacer la frivolidad. Lo que pueda resultar capcioso a gente que ya no lee y a la que poco le importa estar bien informada. Los espacios periodísticos han evolucionado –más bien el término apropiado sería involucionado– de lo noticioso al entretenimiento. De la orientación a la agitación. A un montaje de funciones y espectáculos. Aparte de ello, como lo serio demanda estudio, en nada ayuda lo poco informado de muchos que preguntan o conducen entrevistas sobre los temas abordados. Como ejemplo reciente, la letanía de falacias orquestadas en esa campañita insidiosa de perdedores y sus bocinas contra el proceso electoral.

Por un lado, un afán de destruir la única ruta democrática y pacífica que le queda al país para superar la crisis y, por el otro, un desvarío total de la alta misión de informar en forma objetiva y equilibrada. No luce que atrás de la embestida haya deseo alguno de que las cosas mejoren. Más aparenta ser un apetito de ensuciar. Destruir toda confianza ciudadana a la única pequeña esperanza de salida a la encrucijada. ¿Qué otra cosa será, entonces, ese empeño de deslegitimizar las elecciones? Siquiera para disimular la retahíla de descrédito contra la autoridad electoral y el proceso comicial, bien pudieron publicar completo el bien sustentado escrito del CNE resolviendo las impugnaciones. Los considerandos de la resolución –que publicamos íntegros en este rotativo– desmorona toda esa falacia detrás de las denuncias de fraude. Allá en Washington el rosario de mentiras propaladas –la misma narrativa de un fraude inexistente de parte de fracasados– para difamar la integridad del proceso electoral, desembocaron en la violenta toma del Capitolio. Tan tenaz fue la batería de mentiras montada que todavía hoy, una tercera parte de los estadounidenses cree que “les robaron la elección”.

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