De Keynes a Piketty

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ZV
/ 31 de julio de 2020
/ 12:31 am
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Por: Juan Ramón Martínez

Reabrir la economía es una expresión fácil; pero incompleta. Hay que aceptar que, así como el sistema político y gubernamental son inútiles y requieren reformas, el mercado debe ser modificado. Volver al mercantilismo atrasado, al “capitalismo de los compadres”, a monopolios y oligopolios apoyados por los empresarios, es un error. Ante una situación nueva, necesitamos cambiar. Hay que abrir la puerta, entrar y recomponer lo dañado. Por supuesto, para hacer estas reformas, hay que aprender de las experiencias de otras crisis. Y para ello, necesitamos levantar la cabeza, otear el horizonte, leer y pensar. Sin miedo a lo nuevo, y menos a las ideas. Seguir en esta actitud de colonizados que, todo lo esperan de Washington, Bruselas y Pekín, es una vergüenza. Hay que remozar las categorías mentales, reconociendo que, como todo el mundo, podemos pensar si, nos aproximamos críticamente a la realidad, entendiendo que, al cambiarla, modificarla, cambiaremos todos.
Una economía como la hondureña, no sirve para enfrentar esta crisis. O las futuras. Porque depende de las remesas de los pobres, –para que los ricos vivan al estilo de Miami o Nueva Orleans–, de las maquilas y del café, y en la que el primer empleador es el gobierno, no tiene futuro. Y menos si el gobierno es el principal inversor, favoreciendo a quienes han financiado las campañas u ofrecido que financiarán las futuras. Necesitamos una “burguesía nacional”, agresiva e imaginativa, que no tenga miedo de invertir aquí, porque el gobierno a partir de ahora, estará sometido, como un esclavo obediente, al imperio de la ley. En fin, necesitamos más dinero en el bolsillo de la población, para que pueda vivir mejor, comprando en el mercado que, recobrará dinamismo.

Ahora, algunas ideas cómo lograr la recuperación. Porque si la economía antes de marzo cojeaba sin disimulo, ahora será complejo ponerla de pie. Para ello, necesitamos volver los ojos al pasado. La crisis del capitalismo de 1929, afectó seriamente la economía nacional. Bajaron los salarios; los impuestos disminuyeron y la incomodidad social aumentó. El presidente Mejía Colindres –y menos sus correligionarios liberales– no entendieron el asunto. Los liberales son alérgicos a los temas económicos. Y, en vez de involucrar al gobierno en la solución, lo abstrajeron de la misma, volviéndolo el objeto perverso del deseo de quienes querían sucederlo. Zúñiga Huete en vez de apoyarlo, más bien lo hizo víctima de dolorosas injusticias. Y el crimen y la delincuencia, desbordados en todo el país, exageró las debilidades gubernamentales. Carías que solo le interesaba el poder, vendió el cuento de la paz. Fue un antecesor de “delincuencia cero”. Y los “estúpidos” electores le creyeron.

La crisis en Estados Unidos, fue –como es lógico– mayor y trágica. Se arruinaron las empresas; se perdieron los empleos y la gente como nunca antes, empezó a vivir de la caridad pública. Pero, si hay virtud que tiene el capitalismo –que no tenemos en Honduras– es su capacidad de reinventarse. Siguiendo las ideas de Keynes, estableció que, el mercado, no era capaz de recuperarse a sí mismo. Y que, el gobierno debía intervenir en la solución, para levantarlo de su postración, animándolo, al tiempo que se volvía el gran empleador. Por ello, están equivocados los que, ahora, recomiendan que hay que disminuir al gobierno para que administre la crisis –dominando a los inquietos–, negándoles el papel actoral que les corresponde. El gobierno debe endeudarse más; crear empleo masivo para los más pobres –(no estamos hablando de activistas o correligionarios)– en obras públicas, necesarias o innecesarias. Entre las primeras, se me ocurre la construcción de canales de irrigación hacia la Costa de los Amates, en Valle, desde la represa del río Nacaome. Y en las segundas, empedrar y desempedrar, calles y caminos vecinales.

Hay que rebajar los impuestos a las empresas, a cambio que, creen empleo. Y favorecer crédito a través del sistema bancario, a plazos largos y bajos intereses con el mismo fin. Finalmente, mejorar el sistema sanitario; simplificar la operación burocrática; ordenar el crecimiento de las ciudades y animar a las municipalidades, en la búsqueda de autosuficiencia. Para concluir, crear un salario mínimo universal, siguiendo a Thomas Piketty, aplicable en tiempos de desempleo. Hay economistas trabajando en estas ideas que, Barquero, Adolfo Facussé y otros, no comparten. Manejan otras. Posiblemente, su corazón sigue otras banderas.

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