Merecido reconocimiento a Espinoza Murra

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/ 17 de julio de 2021
/ 01:01 am
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Merecido reconocimiento a Espinoza Murra

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Por: Orlin Cruz Martínez

Qué lástima que el reconocimiento que le ha otorgado la Academia Hondureña de la Lengua, al Dr. Dagoberto Espinoza Murra haya sido póstumo, y no en vida, pero de todas maneras se lo tiene bien merecido, por todas sus cualidades personales y profesionales, enhorabuena tan acertada decisión. Hizo de la medicina y la literatura la ocupación permanente de su vida, escribió varios libros y artículos de opinión que circularon en revistas y en periódicos del país, la medicina la ejerció siempre bajo los principios hipocráticos con gran sentido humanitario, por ello vale la pena que se le reconozcan sus méritos profesionales y literarios.

Por esas cosas de carácter político tuve la satisfacción de haberlo tratado, aunque no tuvimos una estrecha amistad, yo siempre le guardé un aprecio especial, por sus dotes de la calidad humana que había en su persona, era un hombre de trato suave y amable, daba gusto sostener una plática con él, en su parla no practicaba la arrogancia, la soberbia, ni la grandilocuencia, porque no fueron conductas propias de su personalidad, siempre la humildad lo caracterizó, aun siendo un profesional de alta calificación, fue un caballero en toda la extensión de la palabra.

Siempre mantuve la idea de escribir un artículo de opinión sobre dos facetas de su vida, sin darme cuenta el tiempo se me fue, lastimosamente lo hago quizás extemporáneamente, pero siempre con la buena intención de expresar mis consideraciones sobre la vida ejemplar del Dr. Espinoza Murra. Él fue un interlocutor juicioso y ponderado, sus análisis sobre los temas que abordada eran muy objetivos, por eso se aprendía mucho de él.

La primera faceta tiene que ver de manera sucinta sobre la experiencia que tuvo como médico en servicio social, sino me equivoco lo realizó en Soledad, El Paraíso, donde ejerció una gran labor al servicio de los más necesitados, sin duda fue una acción altruista y humanitaria, su benevolencia la extendió más allá de sus responsabilidades profesionales, por esas cualidades yo siempre le decía que él era un potencial candidato a ministro de Salud en un posible gobierno de los hermanos Reina, pero nada de eso sucedió, porque los suazocordovistas coparon los puestos principales del Ejecutivo en el gobierno del Dr. Carlos Roberto Reina, a duras penas se nombró a su esposa Virginia como viceministra del ramo sanitario.

Resulta que una vez en horas de la noche bajó un campesino de la parte alta de la meseta, en busca de los servicios profesionales del Dr. Espinoza Murra, quien le manifestó que su esposa estaba muy grave y quería que se la atendiera con la prontitud del caso, el galeno muy cortés le contestó, -con mucho gusto se la atiendo en el centro de salud, el campesino le contestó- yo quiero que me la vaya a ver a mi casa, porque a ella no la podemos mover, por su delicado estado de salud, y ¿dónde está ubicada su casa? le interrogó el médico -allí nomasito doctor a la vueltecita de esa loma- contestó el campesino. La verdad es que el lugar no estaba tan próximo como se lo habían “pintado”, para llegar allá tuvo que cruzar empinadas serranías, caminando por rocosas y estrechas veredas, auxiliado por la luz tenue de un viejo foco de mano, donde un torrencial aguacero acompañado de rayos y centellas hizo más difícil la travesía, el remedo de camino con la lluvia se volvió intransitable.

La caminata se convirtió en toda una tragedia, tuvo que sortear muchas peripecias, su ropa y su cuerpo quedaron empapados de agua llovida, con el cuerpo extenuado debido al cansancio por el sube y baja de la campiña, más las múltiples picadas de las garrapatas que invadieron todo su cuerpo, por fin llegó a la casa de la enferma, todavía con la respiración sofocada, el médico sin perder tiempo le puso mano a la paciente, quien se debatía entre la vida y la muerte a causa de un sangrado producto de una hemorragia incontenible.

Mientras atendía a la señora, por su mente circulaba la preocupación de cómo iba a dormir las pocas horas que le quedaban al día, para “pegar un pestañazo”, pensó en las posibilidades de una hamaca, y ya de perdido, aunque fuera una maltrecha silla, convencido que nada de eso podía tener a la mano, no le quedó otra opción que sentarse en un rústico tronco de madera que estaba en la improvisada cocina, allí pasó el resto de la noche clareado y cabeceando sin pegar los ojos. Mientras esperaba el asomo lejano del nuevo día, con muchos deseos añoraba una taza de café caliente de parte del anfitrión, para fortalecer su cuerpo agarrotado, pero nada de eso sucedió, allí las reglas de cortesía eran costumbres del mundo exterior.

Antes de iniciar su viaje de regreso el médico se despidió de la enferma. El esposo de la paciente, fría e indolentemente le expresó lo siguiente, -bueno doctor, que Dios le pague todo lo que ha hecho por mi mujer, caballerosamente le contestó el médico- no se preocupe mi amigo, es mi deber salvar vidas, ya sabe que estamos a la orden. La mano del Todopoderoso y la del Dr. Espinoza Murra salvaron la vida de aquella humilde campesina. Es oportuno decir, que con su gesto humanitario curó muchas personas con medicamentos comprados de su propia bolsa, para subsanar las falencias de la Secretaría de Salud.

La otra faceta del médico mencionado, es que un amigo comenzó a motivarlo para que buscara una curul en el Congreso Nacional, le manifestó lo siguiente, doctor usted es el candidato perfecto para convertirse en el próximo diputado en representación del departamento de El Paraíso por el M-Líder, él le contestó con la modestia que le caracterizaba, no, no creo tener méritos para eso, pero los amigos siguieron motivándolo hasta que lo convencieron, y así comenzó su campaña política, visitando aldeas, caseríos y ciudades de El Paraíso.

Con mucho entusiasmo y comprometido con el pueblo sus exposiciones políticas se constituían en un mensaje de reivindicación social muy próximo al dolor de la masa electoral desamparada. Era un mensaje muy hondureñista y esperanzador para el pueblo, porque su fin no solo era convertirse en legislador para beneficio personal, sino que, desde el hemiciclo impulsar leyes de interés nacional y de beneficio para la colectividad hondureña.

En una de esas tantas reuniones después de hacer una exposición magistral de la realidad nacional de Honduras, al terminar su charla, muy educadamente le dijo a los asistentes, que podían hacer uso de la palabra con entera libertad, opinar sobre la temática expuesta, sin importar sus puntos de vista relacionados con su participación, estos podían ser a favor o en contra, eso no importaba le recalcó el aspirante a diputado, porque su finalidad era que los asistentes a las reuniones enriquecieran más sus propuestas que llevaría al Congreso Nacional, y además con sus participaciones conocería más a fondo sus problemas y necesidades, de hecho se convertirían en parte importante de su agenda legislativa.

Preocupado observó que en los presentes no había mucha motivación para participar, desde luego aquello le produjo algún grado de preocupación, pero de repente de allá atrás se paró alguien y levantó la mano para pedir la palabra, en ese momento el Dr. Espinoza Murra dijo para sí mismo, por lo menos en esta reunión tengo un voto seguro, porque identificó a la persona que tenía interés de hablar, y no era otro, que, aquel campesino a quien le salvó de la muerte a su mujer, pero su mayor sorpresa es que el asistente de la reunión dijo lo siguiente, -compañeros yo no voy a hablar mucho, solo quiero pedirles que no voten por ese hombre porque es comunista, y el comunismo le quita todo a la gente.

El Dr. Espinoza Murra al escuchar lo que dijo el campesino, que el comunismo le quitaba todo a la gente, ha de haber pensado que si fuera cierto lo que expresó el susodicho sobre el comunismo, en todo caso a él, lo único que le podía quitar sería el hambre, porque el doctor conoció in situ que ese ciudadano no vivía en la pobreza sino por debajo de ella, dolorosamente vivía en la miseria, es así como uno llega a la conclusión que la gente que más sufre calamidades, no hacen nada por cambiarla, pero lo peor de esta tragedia humana, es que ellos no permiten que otras personas luchen por cambiar su precaria situación económica, prefieren votar por sus verdugos que los han mantenido oprimidos, en el caso de El Paraíso los liberales siguieron votando por los suazocordovistas Rodrigo Castillo e Ignacio Alberto Rodríguez (El Burro Espinoza).

El pueblo hondureño siempre ha votado en su contra, y no a favor suyo, al no elegir al Dr. Espinoza Murra se perdieron un gran diputado, honesto, capaz y comprometido con las mejores causas, se animan al desarrollo y la prosperidad de Honduras, tenía razón lo que dijo hace muchos años atrás Winston Churchill “El problema de Latinoamérica es que quienes eligen a los gobernantes no son las personas que leen los periódicos, sino los que se limpian el trasero con ellos”. En Honduras esta demoledora frase no ha perdido vigencia en la política, como si se hubiera expresado el día de ayer.

Ante la triste partida sin retorno del Dr. Espinoza Murra, no nos queda más que la resignación y recordarlo con el aprecio que siempre le tuvimos. Intactas han quedado sus huellas imborrables en los textos que escribió, y en las importantes ejecutorias de su vida, que no solo servirán para recordarlo, sino para emular su digno ejemplo.

Hasta siempre comandante.

Olanchito, 23 de junio de 2021

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